A la Chancha, con amor (parte I)

 Me llevó más de un año parir este post. Si analizo bien estos últimos 14 meses de mi vida (el tiempo que llevo sin actualizar el blog), me encuentro con tiempos turbulentos, donde mis sentimientos y emociones subieron y bajaron como en una montaña rusa. Pasaron muchas cosas. Tuve que volver a reinventarme sobre la marcha. Perdí la confianza en la gente y lentamente entré en un proceso de aislamiento. No escribía, porque poco tenía para decir. Bueno, en realidad tenía mucho que decir, pero a nadie para escuchar. O al menos, nadie que entendiera mi mensaje. Esa sensación absoluta de soledad, sumada a mi imposibilidad de hacerme entender o comunicarme, me quitaban la voluntad de sentarme a escribir. ¿Para qué? ¿Para contar qué? ¿Que me sentía mal? No, los llorones a otro lado.

 ¿Por qué estoy escribiendo ahora, entonces? Porque me lo debía. Porque me hace bien y me gusta, sumado a que sentía una espina clavada por no haber podido liberar esta historia. Es un breve repaso por lo que significó para mí la despedida simbólica del ser que más amé en este mundo, alguien que supo entenderme y darme lo que necesitaba, en el momento en que realmente sentía que me consumían las llamas de la angustia. Ese ser, claro está, es mi querida Chancha, bull terrier que me acompañó a lo largo de 3 años de mi vida, casi el mismo tiempo que llevo en la ruta.

 Este post, entonces, es un breve homenaje, a la vez que relato del periplo de un mes, a lo largo de 8 provincias argentinas, junto a una gran amiga que me regaló el camino, para poder despedir a mi gran amor. Sin más preámbulos, pasen y lean. ¡Y bienvenidos de vuelta!

Bajo la supervisión de San La Chancha, vuelve Buenas Rutas!.

«Vida bajo la administración de nuevo dueño»

 Toda persona que me haya conocido entre 2013 y 2016 habrá, indudablemente, oído hablar de la Chancha. Si tuvieron algo de suerte, hasta habrán podido conocerla. Mis planes de vida la incluían al 100%, ya que ella era mi compañera en todo momento. A los pocos meses de su llegada, y casi por arte de magia, muchas de las cosas que me dolían, comenzaron a desvanecerse y a sanar. Sin saberlo yo, mi perra había comenzado a hacer un trabajo de reestructuración interna en mí. Silenciosa, como lo sería uno de esos míticos sabios orientales. Enderecé rumbo, gané seguridad en mí mismo y conseguí cierta estabilidad económica. Pero mejorar no significa curar, así que para mediados de 2015, un nuevo sacudón me hacía recordar que aun quedaban muertos en mi placard.

Con 26 años estaba enfrentando un dilema existencial de lo más crudo.  Tuve la suerte de tener la crisis de los 40, pero quince años antes. Estaba deprimido, viendo a través de la ventana de un 5to piso, cómo mi juventud se esfumaba miserablemente. ¿Y qué podía hacer yo? Me había costado tanto conseguir dónde alquilar y tener ese trabajo, que dejarlo todo era una invitación al suicidio. Pero también sabía que quedarme ahí, tarde o temprano, me llevaría a lo mismo. ¿Entonces por qué no soñar? Si ya sabía de antemano que no quería tener una vida prefabricada, ¿qué estaba esperando? Lloré para mis adentros una lágrima de angustia. Una canción de protesta, en el momento justo, me cacheteó y me bajó a la realidad. El suicidio se iba a llevar a cabo. La persona miedosa que había intentado encontrar su rinconcito en una sociedad de mierda, tenía los días contados. Era junio de 2015, y estaba decidido. Restaba aun un año de alquiler en mi departamento de La Boca, tiempo suficiente como para preparar el terreno de nuestro gran escape. Era tan sólo cuestión de esperar y ser inteligentes.

«Nunca permitas que nadie te diga cómo dormir la siesta»

 Faltaban pocos meses para comenzar el viaje. Internamente analizaba rutas cortas. La Chancha, quien no llevaba ese nombre en vano, no entraba en mis planes itinerantes. Llevarla conmigo hubiera sido una tortura para ella. Quien tenga un bull terrier y adore los paseos largos, sabrá a qué me refiero, ya que indudablemente, alguna vez al menos, habrá tenido que cargar a cuestas con casi 30 kilos de perro. Sin dudas, el llevarla a mochilear sería hacer oídos sordos a sus necesidades. Pero no sería un viaje largo, para nada. Apenas si necesitaba despejar mi mente, al tiempo que debía buscar un nuevo hogar para los dos, lejos de Argentina. Mientras tanto, ella me esperaría en Buenos Aires, donde estaría muy bien cuidada, en casa de un gran amigo. Mi viaje no duraría más de tres o cuatro meses.

 Todo iba mejor que lo planeado. Me habían ascendido, sin saber que me iría, y mi sueldo se había multiplicado por cuatro. «Mejor», pensaba. «Más plata para estar en un lugar más bonito». Todo iba demasiado bien, y no lo vi venir. Fue un jueves de febrero. Jueves 4 de febrero, para ser exacto. Esa fecha quedará grabada en mi mente para siempre. Imprevistamente, mi compañera se iba de este mundo, de un día para el otro, apenas dándome tiempo de despedirla. No hubo tiempo para nada más. En su lugar, dejó un profundo dolor que me hundió en una profunda depresión. Lloraba todo el día y no comía nada. Estuve una semana sin poder volver al trabajo, y cuando conseguí volver, ya no quise volver a casa, por el dolor que me generaba encontrarme con el vacío de aquél departamento frío, y sus cositas, agrupadas encima del sillón donde dormía la siesta.

Lugar de la casa que veía, lugar de la casa que me recordaba a ella.

 El dolor, progresivamente comenzó a cederle espacio al odio. Odiaba a la vida, odiaba a ese ser mitológico, de ojos vendados y balanza en mano, al que llamaban justicia, odiaba al Dios en que no creía y, por sobre todo, me odiaba a mí. En medio de días turbulentos, lo que quedaba de mi relación con mi novia de aquél entonces, terminó de desvanecerse. No podía ni cuidarme a mí, mucho menos podía hacerme cargo de contribuir en una relación. Para mí, en esos primeros meses, se había terminado todo y no había luz al final del túnel.

 

Desertar del ateísmo para romperle la cara a Dios

 Sobrellevar su muerte no fue fácil. Podía entenderla, claro. De hecho, no era ese el problema. No pretendía que viviera para siempre, ya que comprendía que morir, se puede morir cualquiera. Lo que no podía entender era la muerte que tuvo. Una muerte cruel y dolorosa, más digna de algún ser hijo de puta que del ser más puro y bueno de la Tierra. Aquella vez, estando en el hospital a punto de entrar al quirófano, y mientras la vida la iba abandonando lentamente, ella me buscó entre los que estábamos en la sala, hicimos contacto visual y movió su cola 3 veces. «Se está despidiendo de vos», me dijo el cirujano. Yo salí como pude a la calle, y lloré como nunca lo había hecho.

Me sentía muy vulnerable y desprotegido, como un niño chiquito, solo, en la cueva del león. Los médicos me habían sugerido no operarla, que no había demasiado por hacer. Aun así, me negué a dejarla ir. Que ella decidiera sola, yo jamás podría decirle a una luchadora cuándo ni cómo morir. Media hora después, sonaba mi teléfono y me confirmaban lo que no estaba listo para oír. Sentí mucho frío y entré en shock. Entré a despedirla y lloré, porque algo dentro mío así lo pedía, pero no entendía bien la escena. Su cuerpo estaba ahí, inerte. No era ella, faltaba algo. ¿Por qué un cuerpo en reposo es tan diferente a un cuerpo inanimado? Miles de pensamientos cruzaron mi cabeza. Finalmente, la abracé y besé por última vez, y salí caminando como un zombi por la puerta. Fantaseaba con morir e ir directamente a golpear la puerta del despacho de Dios, para darle una paliza que no se iba a olvidar jamás, en su inmortal existencia. 

 Pasados los meses, una idea comenzó a rondar mi cabeza: ¿Y si esa perra que apareció en el peor momento de mi vida, para rescatarme y marcarme el camino, ahora estaba dando un paso al costado, para dejarme despegar y enfrentar lo que la vida guardaba para mí, de una vez por todas? ¿Había sido la Chancha una gran maestra que me eligió para transmitir toda su sabiduría y luego marcharse? Si bien soy agnóstico y no siento la necesidad de creer en nada ni en nadie, no podía evitar recordar las palabras de, por lo menos, media docena de personas que la conocieron en vida. Los de corte más holístico, decían que percibían en ella un espíritu muy antiguo, y que era innegable la influencia positiva de su energía al estar cerca de ella: transmitía una sensación de paz y bienestar indescriptibles a quien estuviera cerca. ¡Si hasta llegaron a compararla con Buda!

Los que no creían en nada, de todas formas, se enamoraban de ella. Es más, no era nada insólito que en cualquier paseo cotidiano, personas extrañas que nos cruzábamos en la calle se arrodillaran y comenzaran a besarla y abrazarla, como si la conocieran desde siempre. Muchos ni siquiera me miraban o hablaban conmigo, hablaban con ella, para después seguir su camino con una sonrisa enorme, revitalizados. Si bien ya estaba acostumbrado a que pasara, nunca dejaba de sorprenderme. Sin dudas, mi querida amiga era alguien a quien no podía explicar, sólo disfrutar. Pasaron más de 3 años desde que se fue, y aun la extraño.

Te amo!

Tamara, la gallega

 Mi viaje había comenzado de maravillas. Recuerdo con mucho cariño aquellos primeros tímidos pasos por el sur de Buenos Aires. Todos esos miedos e inseguridades que inevitablemente abordan a cualquier persona que emprende una gran empresa, se iban cayendo fulminados, sin más remedio que la generosidad de las personas que me iba cruzando el camino. Llegar a un lugar nuevo cada semana, con el pulso acelerado y los ojos bien grandes… Me sentía un chico en una juguetería, el mundo era mío, me pertenecía. ¡No podía creer cómo no me había animado a hacer esto antes! No necesitaba ser un superhéroe, con no ser un cobarde alcanzaba.

Llevaba un mes de viaje y me encontraba en Mar del Plata, «la feliz», «la perla del Atlántico» y tantos otros apodos que se le haya ocurrido a la gente de marketing. Por algún motivo, siempre había ido a MDQ en invierno, no la conocía en verano, y me encantaba que así fuera. Buscar reparo del viento gélido en cada parche de sol que se filtrara entre las nubes era como beber de un dulce elixir. Caminar emponchado y con la nariz escondida en la bufanda, de noche, por sus ventosas avenidas era toda una aventura, que encontraba siempre su premio al pasar por la rambla y sentir el romper de las olas contra alguna roca. Aquella noche, sin embargo, no estaba para paseos. Hacía mucho frío y había llovido, lo que era una invitación casi indeclinable a refugiarse al calor del hogar. O al calor de la cerveza artesanal en el bar. Es que Mar del Plata es la capital argentina de la cerveza artesanal, y ese sábado, era la reunión semanal de anfitriones y viajeros de Couchsurfing. Hernán y Maira iban a ir y me invitaron, así que decidí acompañarlos.

Acordeonista con aire a Benny Hill, en el puerto de Mar del Plata.

 Al poco tiempo de llegar, me encontraba rodeado por casi una docena de desconocidos, casi todos locales. Si no recuerdo mal, eramos 6 los visitantes: sentado a mi izquierda, tenía a un uruguayo, y a mi derecha, a una gallega. Ninguno de los 2 paraba de hablar y yo no sabía dónde meterme. Cuando estaba pronto a levantarme con mi cerveza y refugiarme en algún rincón donde nadie pudiera verme, Tamara, la gallega, notó mi presencia. «Hola, soy Tamara, ¿y tú?». Agradezco no haberme ido antes de aquél momento, ya que de haberlo hecho, me habría perdido de una de las amistades más lindas que hice en estos (casi) 3 años de viaje. No tardamos mucho tiempo en pegar buena onda y en contar un poco de nuestras historias.

 Tamara había llegado al país hacía una semana, proveniente de Galicia, como estudiante de intercambio. Serían unos pocos meses, hasta el final del semestre. Compartía casa con otro gallego y una catalana, presentes también aquella noche. Uno de los tantos sueños de Tamara había sido siempre el de viajar, pero por diversos motivos, aun no se decidía a hacerlo sola. Cuando le hablé de mi proyecto y de mi estilo de viaje, se emocionó mucho, al punto en que me hizo una propuesta que me hizo fruncir el culo del miedo: «Oye, para diciembre ya habré terminado de cursar en la uni y estaré libre. No me quiero volver a España sin conocer un poquito más de Sudamérica y lo que tú me cuentas de tu viaje me parece muy guay. ¿Qué te parece si para mediados de diciembre me uno a ti por algunos días, y viajamos por dónde sea que estés en ese momento?».

 La pregunta me había tomado por sorpresa, pero extrañamente, no me desagradó. Disfrutaba muchísimo de mi tiempo a solas en la ruta, y sin dudas que viajar acompañado era exponerse a que toda esa estabilidad cayera por la borda. Pero había algo en la personalidad de Tamara que me hacía sentir cómodo: ella era dulce y simpática, teníamos muchas cosas en común y podíamos tener charlas interesantes. En una fracción de segundo, le pasé mi rastreador mental de compatibilidad, unas 3 o 4 veces, sin encontrar mayores señales de peligro. ¿Qué podía salir mal? Además, sólo serían unos pocos días, nada que no pudiera remediarse, por lo que terminé aceptando su propuesta. A los 2 días, seguía camino con mi mochila, rumbo a Mar Azul, despidiéndome de ella, al menos, hasta diciembre. Unos dos meses más tarde, recibiría un mensaje suyo en mi celular. Al igual que a la anterior propuesta, a esta tampoco la esperaba: «Oye Joel, estaba pensando. ¿Qué te parece si en vez de ir a Entre Ríos o Uruguay, como me dijiste, fuésemos al norte argentino? Es que tú me has hablado tan bien de aquél sitio, y he leído que es tan bonito, que no me gustaría irme sin visitarlo. ¿Qué me dices?». Ouch!

La gallega y una propuesta difícil de rechazar…

 Al comenzar el viaje me había propuesto como regla prácticamente inquebrantable, la de mantenerme siempre fiel con la ruta que había trazado desde un comienzo, al menos, en lo que respecta a regiones, claro. De Buenos Aires debía pasar a Entre Ríos, para luego seguir por el Uruguay y subir por la costa atlántica brasileña, rumbo a las Guyanas. Ahora, esta gallega aparecida de la nada, me proponía descaradamente pegar un timonazo y orientar el rumbo hacia el NOA (noroeste argentino). Había comenzado a escribir la respuesta a su mensaje, diciéndole que no podría acompañarla y deseándole un feliz viaje, cuando una idea cruzó mi mente como una flecha. ¿Y si aceptaba y tomaba una licencia excepcional a mi regla inquebrantable? Si bien me entusiasmaba mucho la idea de viajar con ella, había un motivo más, que no podía ignorar. Al morir la Chancha, y en la imposibilidad de poder sepultarla en una Buenos Aires de cemento, había optado por la opción que me había parecido más sensata: cremarla. La urna con sus cenizas, había sido enviada a Córdoba, lugar donde se encontraba desde mi partida. No me sentía para nada cómodo con el recuerdo de haber dejado las cenizas de mi querida amiga, guardadas dentro de algún oscuro cajón en la casa de mi mamá.

 ¿Pero qué podía hacer con sus cenizas? ¿Dónde dejarlas? Sólo un lugar venía a mi mente, cada vez que me hacía esa pregunta: Iruya. Aquél pequeño pueblito salteño, a casi 3 mil metros de altura sobre el nivel del mar, incrustado caprichosamente entre los imponentes cerros multicolores, casi como si se tratase de una voluntad histórica por mantenerse en total aislamiento de toda la inmundicia proveniente de la ciudad. Había sido en Iruya, en 2010, donde me había enamorado de la sensación de calzarme una mochila a los hombros. Había sido Iruya el lugar donde había sentido que las montañas me hablaban, y había sido Iruya el lugar que siempre quise visitar con la Chancha. Entonces, no había mucho más que pensar. Sus cenizas debían ser esparcidas en aquél lugar.

Lamentablemente, faltaban años para que mi ruta pasara por Iruya, y eso me tenía muy mal. De repente, aparecía de la nada esta gallega con una propuesta que me ofrecía quitar aquella espina antes de lo pensado. Lo único que tenía que hacer, era decirle que sí y tomar aquella pequeña licencia, que al fin de cuentas, no perjudicaba a nadie. Finalmente, terminé aceptando.

Emprendiendo el regreso, de Concordia a Rosario.

Siempre Rosario

 Nos encontramos en Rosario, el 15 de diciembre. Recién acababa de completar mi etapa entrerriana, donde recorrí un total de 17 pueblos. Me llevó 2 días llegar desde Concordia hasta la bella ciudad santafesina, la misma ciudad que me había visto algunos meses antes, cuando había decidido escaparme de Buenos Aires, al no poder soportar estar en la misma casa en la que, hasta hacía un día antes, vivía con la Chancha. Ese departamento vacío era demasiado cruel para mi frágil sensibilidad post-duelo. Fui con Carolina, mi novia de aquél entonces. Eran tan sólo un par de días. La idea era conseguir despejar mi cabeza y cambiar un poco mi humor de velorio.

Nunca olvidaré aquella primera noche de febrero en Rosario. Durante el día, la sensación térmica había rozado los 50 grados y la humedad era asfixiante. Del pavimento brotaba una bruma caldosa que calcinaba todo lo que tocaba. Cercana la medianoche, caminábamos por la linda costanera de la ciudad, bordeando el imponente río Paraná. Abstraído en mis pensamientos y mi tristeza, recuerdo haber visto unas nubes enojadas, color violeta oscuro, cargadas de rayos, truenos y mucha agua. Parecía que puteaban, o al menos así lo hacían en mi mente. La tormenta venía desde Paraná, en Entre Ríos, y junto a ella trajo un viento fresco que no sólo alivió nuestro calor, sino que me alivió el corazón. Desde el otro lado, comenzó a llegar mucho olor a tierra mojada. «Olor a campo», pensé, y no pude evitar sentir que era un mimo que me mandaba mi amiga desde donde fuera que ella estuviera: «andá acostumbrándote a este olor, porque va a ser moneda corriente para vos». A los pocos minutos, el cielo se nos caía encima. Empapados, y casi sin hablar, emprendimos regreso a nuestro hostel. La mueca de dolor en mi cara, por unos minutos, se había convertido en una sonrisa de satisfacción y alegría…

 Volviendo al presente. Con Tamara paramos en casa de Pablito, un buen amigo que ambos hicimos aquella noche en Mar del Plata. Un chico muy sensible e inteligente, dueño de un sentido de la dignidad y de una conciencia de clase admirables. Al cabo de pocos días salimos juntos, por primera vez a la ruta. Córdoba nos esperaba. La ansiedad nos envolvía a ambos, y no sólo debido a la incertidumbre por no saber qué suerte tendríamos haciendo dedo. Por cuestiones de salud, Tamara no podía estar demasiado tiempo expuesta al sol y a las temperaturas elevadas. Cualquier exceso en la exposición a algunos de estos factores, podía poner en riesgo seriamente su salud. La hidratación y la buena alimentación eran claves, por lo que tomamos los recaudos necesarios para llegar bien. Admiraba (y lo sigo haciendo) la entereza y la alegría con que ella siempre llevaba su vida adelante. Jamás la escuché quejarse ni victimizarse por su enfermedad, todo lo contrario: minimizaba y hasta hacía chistes con ello. A pesar de todo, seguía preocupado y replanteándome si había sido una buena idea realizar este viaje en diciembre, en pleno verano austral, y más aún, yendo a la parte más cálida del país. Sin dudas, debíamos tener mucho cuidado…

¿Hay acaso algo más lindo que sentarse a estudiar un mapa?

¿Siempre habrá tiempo para hacer las paces?

 En Córdoba nos recibió mi familia y amigos. Hacía mucho tiempo que no me sentía a gusto en mi propia ciudad. De Córdoba me había ido hacía casi 6 años, muy triste y dolido. Si bien amaba a Córdoba y al «sentir cordobés», hacía tiempo que no me sentía representado por la mentalidad que reinaba en la mayoría de los habitantes de «la provincia más alegre y divertida del país». Carente de oportunidades de crecimiento, había tenido que pedir asilo habitacional y laboral en la gran ciudad capital, aquella que todo lo acaparaba para sí misma, y que en parte, era la responsable del estancamiento ideológico y cultural de esta (ahora) Córdoba neo-fascista.

Con mi amiga la gallega.

 Volver y sentirme bien, después de tanto tiempo de distanciamiento, me llenó el corazón de alegría. Volver a recibir besos y abrazos, además de palabras y demostraciones de cariño sinceras, me hicieron sentir un hombre muy dichoso. Esa visita fue especial, además, ya que sería la última vez que vería a mi padre y a mi abuela con vida. Como ya lo dije antes, todos estamos susceptibles a irnos en cualquier momento, y esta tampoco fue la excepción. Al irse los dos, no sólo se fue con ellos la posibilidad de despedirme como hubiera querido, sino de decirles tantas cosas que hubiera querido y que finalmente no pude. Cosas que me guardaré para mí mismo, pero que de seguro ya lo sabían. Otro recordatorio más para hacer las cosas ahora, que estamos vivos, y no dejar nada importante para después.

¿Cómo arruinar una bonita foto grupal con amigos que no ve hace años? ¡Con un pedo justo en el flash!

 Antes de volver a la ruta, hubo parada obligada en casa de mi madre. Era hora de buscar las cenizas de mi amiga. Preferiría no entrar en detalles al respecto, pero no quiero dejar pasar tampoco lo que significó para mí reencontrarme nuevamente con ella, aunque simbólicamente, representada en una urnita de madera. Lloré y le conté lo que estaba haciendo y lo bien que me estaba sintiendo. Le agradecí por todo lo que hizo por mí, le dije que la extraño todos los días y que nunca la iba a olvidar. No sé qué habrá sido de ella, pero estoy seguro de que estaría muy orgullosa de mí. Una vez recompuesto, «la guardé» en mi mochila, a la espera de llegar a Iruya. Al día siguiente, salimos nuevamente a la ruta, rumbo a «la tierra del sol»

San Juan, «la tierra del sol»

CONTINUARÁ…

Joel Lousararian

¡Hola! Mi nombre es Joel, soy de Córdoba y hace poquito que pasé los 30. Mi curiosidad y mi amor por las culturas me trajeron hasta acá. Hace más de 4 años que viajo a dedo sin más compañía que mi querida mochila. Escribo lo que siento y fotografío lo que veo. Si consigo que reveas la posibilidad de retomar ese sueño abandonado por temor, entonces, todo esto ya habrá valido la pena. ¡Gracias por pasar y leer!

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