A la Chancha, con amor (parte II)

El principio del fin

El entusiasmo que sentíamos por viajar juntos, gradualmente se había ido convirtiendo en una incómoda tensión. En Córdoba habían comenzado a aparecer los primeros síntomas, pero ambos preferimos ignorarlos. Camino a San Juan, nos dimos cuenta de que teníamos un problema importante frente a nosotros. Parece ser que las relaciones humanas son algo bastante complejo, en cualquiera de sus formatos: amistades, noviazgos, relaciones laborales o lo que fuere. Sacarlas de su ámbito natural y ponerlas a trabajar en un medio completamente diferente al cual se acostumbra, puede ser motivo suficiente para que todo se vaya al carajo.

El cariño mutuo y la amistad poco importaron cuando nuestros carácteres se encontraron ante la exigencia del trajinar con mochilas pesadas a cuestas. Mi carácter la irritaba mucho, y el suyo, me hacía muy mal. Ante cualquier comentario, por más inocente que fuera, Tamara comenzaba a gritarme y a contestarme muy mal. Y yo, para colmo de males, tengo pocas pulgas y no me aguanto nada, por lo que comencé a ignorarla. Directamente, hacía de cuenta como que no estaba ahí. De a ratos ella me levantaba la voz o me contestaba muy mal, de a ratos yo le contestaba con un monosílabo o la dejaba hablando sola. Ambos fantaseábamos con el piano de cola aterrizando sobre la cabeza del otro. Hoy, a más de 2 años de todo esto, afortunadamente los dos lo recordamos con humor.

Pasamos unas cuatro horas a las afueras de Luján, un pequeño pueblito en la provincia de San Luis, no muy lejos de la frontera con Córdoba, que nos vio prácticamente derretirnos bajo aquél calcinante sol de diciembre, a un costado de la ruta, mientras los autos pasaban ignorándonos impunemente. Cuando la tensión comenzaba a hacerse insoportable, consideramos que había sido suficiente por el día. Mejor sería encontrar un buen lugar donde armar la carpa y descansar. Una vez decidido dónde pasaríamos la noche, optamos por que yo fuera al pueblo a buscar comida y agua, mientras que ella se quedaría en el lugar, cuidando nuestras cosas. Cuando volví provisto de pan, queso y ketchup (a Tamara le gusta el ketchup), armamos la carpa en silencio, interactuando lo mínimo e indispensable, y nos sentamos a preparar los sánguches, sin cruzar una palabra.

Cuando la noche le gana al dedo, poco queda por hacer…

Ni bien empezamos a comer, casi como si se hubieran puesta de acuerdo, una horda de cientos y cientos de luciérnagas nos rodeó, y comenzó a danzar alrededor nuestro. La ruta estaba desierta, la luz del día casi que se había esfumado por completo, y ahí estábamos nosotros, asombrados por tan inesperado regalo. Sonreímos. Volvimos a hablarnos y a reír juntos. Ya no me molestaba más su presencia, de hecho, estaba feliz de que ella estuviera ahí, para compartirlo conmigo. Una vez cumplido su cometido, aquellos bichitos con complejo de estrella, decidieron liberar nuestra atención, dejando lugar para el plato principal: mirando hacia arriba, justo sobre nuestras cabezas, se descubría el firmamento más hermoso y espectacular que jamás hubiéramos visto. En revistas enseñaban muchas fotos de espectaculares cielos estrellados, con horas de photoshop encima, pero nada de lo que hubiera podido ver antes alcanzaba a hacerle mínimamente sombra a semejante espectáculo.

Además del asombro y la fascinación, sentí algo de pena y vergüenza, también. Esperar hasta los 27 años para poder ver un espectáculo que debería ser tan común para todos, me hizo tomar conciencia de lo mal que vivimos los seres humanos. ¿De qué nos perdemos cada noche, a cambio de un poco de comodidad? ¿Qué tan desconectados estamos realmente de la naturaleza? ¿Vale la pena cambiar aquellas miles de millones de estrellas en el firmamento por unas cuantas celebridades bailando dentro de una cajita de plástico y plaquetas electrónicas? Esa noche, por suerte, nos fuimos a dormir en paz y con una enorme sonrisa.

Temprano en la mañana, y con bastante suerte, conseguimos quien nos lleve directo hasta San Juan. Allí, quedamos en casa de Paula y su familia. Paula era una amiga de Tamara, a quien había conocido en su paso por Buenos Aires. En San Juan, fuimos recibidos de maravillas, superando toda expectativa que pudiera haber tenido. Paula, al igual que Flor (su hermana) y Ada (su madre) son budistas, motivo por el cual tuvimos la oportunidad de adentrarnos en la cultura y filosofía de aquella doctrina oriental, más allá del clásico mantra «Nam-myoho-renge-kyo». Pasamos juntos la navidad, resignificando aquella celebración y entendiéndola simplemente como una oportunidad más para compartir todos juntos una comida y un momento de paz, lejos de toda connotación religiosa o comercial. Al día siguiente, salimos rumbo a La Rioja. Para ese entonces, nuestro viaje juntos ya era insalvable. Los días en San Juan habían sido difíciles, a pesar de la hermosa energía que habitaba en casa de Paula. Nuestra convivencia se había vuelto insoportable, y cada uno aprovechaba sin dudar cualquier ocasión que nos permitiera tener un tiempo por separado.

San Juan, mucho más bonito de lo que me imaginaba.

Adiós y gracias por todo

En La Rioja, Florencia, nuestra nueva anfitriona, nos recomendó conocer Sanagasta, un bello pueblito a pocos kilómetros de la ciudad. Ese día, habíamos discutido muy feo. Ya no quería estar más con ella, y estoy seguro que ella tampoco conmigo. Una vez en Sanagasta, subiendo a uno de sus cerros colorados, fue que decidí que no tenía sentido ni razón de ser lo que estábamos haciendo. Sabía cuánto quería a la gallega y todo lo que significaba para mí su amistad, pero también sabía que no había razón para que nada ni nadie arruinara mi viaje. «Que se rompa, pero que no se doble». Aquella frase de Leandro N. Alem, en su carta de suicidio, volvió a aparecer en mis pensamientos. Por respeto a nuestra amistad y a mi propia salud mental, aquello tenía terminar. Al otro día, salimos nuevamente a hacer dedo, con la intención de llegar a Salta. Iruya estaba cada vez más cerca, pero nuestra tolerancia mutua había aguantado hasta La Rioja. A los pocos minutos, frena un camión. Me acerco a hablarle, tenía patente boliviana («ojalá que nos lleve», pensaba). Cuando notó mi acento cordobés, automáticamente me dijo que subiéramos. Una vez arriba del camión, Nelson me contó que estaba muy agradecido a Córdoba y a los cordobeses, ya que siempre que necesitó ayuda, la recibió. «Si te sentía hablar como porteño, no subías». ¡Menos mal!

Caminar estos cerros me recordó tanto a «Mis montañas», de Joaquín V González.

En una de las paradas reglamentarias para comprar comida e ir al baño, hablé con Tamara y le expliqué que no podía seguir más así. Que la quería mucho, y que justamente por eso no quería terminar arruinando nuestra amistad de por vida. Que había un límite para todo y que aquél era el mío. Que mi intención era seguir solo hasta Jujuy y que apenas pasaría por Salta capital para dejarla donde nos esperaba nuestro próximo anfitrión de CouchSurfing. Si bien la tomó por sorpresa, lo entendió todo y lo compartió. En otro momento de mi vida, hubiera agachado la cabeza, masticado la impotencia y hubiera seguido hasta el final, pero haber tomado la decisión de dejarlo todo para salir a descubrir el mundo, no significaba solamente moverme de acá para allá con una mochila, sino aprender de mis errores y mejorar como persona.

Luego de unas ocho horas arriba del camión, Nelson nos dejó a las afueras de Güemes, en las cercanías a Salta. Allí, conseguimos acampar detrás de una estación de servicio, frente a la rotonda que comunica la Ruta 34 con Salta. Así fue como nuestra última noche juntos pasó entre ruidosos camiones y prostituas en busca de clientes. A la mañana siguiente, desayunamos y nos pusimos a hacer dedo. Llegamos a Salta en tiempo récord. Cerca de la plaza central, nos abrazamos muy fuerte, nos disculpamos por los errores propios y nos deseamos lo mejor para el futuro, prometiéndonos una revancha, vaya uno a saber cuándo. El tiempo pasó, y siempre recuerdo esos 15 días con Tamara. No sólo por el cariño que le tengo, sino también por la gran enseñanza que me significó. Entendí que por más cariño de por medio que haya, lo que no debe ser, no será jamás; y que forzar cualquier cosa, por el simple hecho de no querer renunciar a una ilusión, es perjudicial e inmaduro. De haber continuado juntos, sin duda alguna ahora ya no quedaría nada. Agradezco, entonces, que hayamos tenido la claridad suficiente para poder decirnos adiós cuando comenzamos a lastimarnos, sin quererlo.

Nuevamente solos, mi mochila y yo, haciendo lo que mejor sabemos hacer.

Sin Jujuy, no hay paraíso

Pasé año nuevo en casa de mis amigos en Jujuy y me dirigí hacia Iruya, previo paso por Humahuaca, pueblo jujeño que siempre llevaré en mi corazón y donde siempre la paso muy bien. Pagué dos noches en un hostel (primer hospedaje pago en 6 meses de viaje), me hice amigo de mis compañeros de cuarto y nos fuimos a uno de los barcitos locales. Volví a escuchar, después de 7 años, la música del Apu Condorí y bailé como hacía mucho no lo hacía.

Tirando unos pasos al son del Apu Condorí

Cargado de pilas y ganas de seguir, al día siguiente, decidí ir a conocer el Hornocal, aquella imponente serranía a casi 5 mil metros de altura sobre el nivel del mar, que ilustra con su belleza e imponencia la portada de este blog. Por algún motivo, me sentía radiante, de buen humor y muy ansioso por lo que sabía, estaba por pasar.

El Hornocal. Sin palabras.

El «efecto Jujuy» se nota en mi cara y en mi corazón

Temprano, al día siguiente, estaba subiendo al ómnibus que por algunos pocos pesos me llevaría a Iruya. Ni bien llegado, y a falta de la posibilidad de acampar libremente, busqué el camping más barato, el cual, sorprendentemente era el que mejor vista tenía, de frente a la cara de uno de los cerros. Una vez instalado, salí a caminar y a pensar. Si bien Iruya es como un santuario para mí, es una realidad que también es frecuentada por miles y miles de turistas que la han convertido en la capital del turismo basura, en el noroeste argentino, junto a la ciudad jujeña de Tilcara. La gran mayoría de los turistas que llegaban, lo hacían sin tener el más mínimo respeto por el lugar ni por la cultura de quienes allí vivían, por lo que era muy común encontrar por sus callecitas chicas caminando con la parte superior de su bikini descubierta, o imbéciles tocando canciones del Pity Álvarez hasta las 2 de la mañana, a toda garganta, a pesar del pedido incesante de los locales de respetar el toque de silencio, a las 11 de la noche. Era muy triste ver cómo, a cambio de los miles de pesos en ingresos que le significaba la temporada de turismo, estas gentes olvidadas por el estado, debían aguantar el atropello y la falta de respeto. Hordas de tarados llegan cada año, para colonizar culturalmente uno de los lugares más hermosos y poderosos que haya conocido.

La Wiphala y todo lo que simboliza. Nada más alejado a la idiotez turística compulsiva…

Necesitaba asegurarme que las cenizas de mi compañera quedaran bien lejos de tanta estupidez. ¿Pero dónde? Pensaba, pensaba y no daba con la respuesta, hasta que recordé que cruzando el puente, había un mirador llamado «el mirador de los cóndores». Estaba alejado del grueso de los turistas y la vista era imponente. Para llegar allí, había que hacer una subida empinada, la cual, sumada a los 3 mil metros de altura y a la falta de oxígeno, representaban una primera barrera a sortear. Pero, ¿habría algo más allá del mirador? ¿Habría alguna manera de internarse entre las montañas multicolores de Iruya? Recién almorzado, y a paso lento, llegué al mirador. Es indescriptible la sensación causada por el sonido de las alas de los cóndores cortando el aire, volando razantes, a escasos metros de la cabeza de uno, custodiando a sus pichones y protegiéndolos de aquellos depredadores bípedos que tanta afición por destruirlo todo poseen. Sí, definitivamente estaba cerca del lugar donde quería depositar a mi amiga.

Sin dudas, Iruya le hace justicia a mi Chancha.

Inspeccionando el lugar, descubrí un pequeño camino que continuaba más allá del mirador. Al intentar emprenderlo, fui detenido por un pastor y sus cabras. El hombre, en un acto absolutamente entendible, me dijo que no tenía permiso para continuar camino, que los cerros eran de ellos y que si quería continuar, le tenía que dar 100 pesos. Decidí no confrontar con él, a pesar del pedido de soborno, especialmente si se tiene en cuenta que aquellos cerros estaban libres al paso de cualquiera que quisiera adentrarse en ellos. Comprendía su rechazo y su miedo a la invasión. En su lugar, también habría evitado a toda costa el ingreso del potencial extranjero pelotudo. Claro, yo no pretendía perturbar a nadie, ni mucho menos dañar su espacio, pero era imposible hacerle entender que yo no era como todos aquellos otros turistas que todo lo pisoteaban. Aproveché para sacarle un poco de charla, para que viera que era una persona respetuosa, a sabiendas de que esa vez me sería imposible pasar. Volvió a ofrecer dejarme pasar a cambio de dinero, y nuevamente le dije que no. Al verme dar media vuelta y volver por donde había llegado, él y su pequeño hijo continuaron camino, junto a sus cabras. Yo, por mi parte, sabía que aquél era el lugar indicado, tan sólo era cuestión de volver al otro día y esperar no encontrarme con nadie.

Las cabras del pastor, a la espera de saber si pago la coima o no.

Los cerros esconden reencuentros

A falta de mejor plan, decidí emprender la clásica caminata de 8 kilómetros hasta San Isidro, bordeando el cauce del río. Se me unieron Lucas y Vladimir, 2 chicos del interior de Buenos Aires, a quienes había conocido en el almuerzo. Nos entendimos tan bien, que los invité a ir a San Isidro conmigo. Luego de la caminata, en la entrada de San Isidro, encontramos una joven chica, evidentemente europea y algo confundida. Español hablaba poco, por lo que la comunicación debió ser obligatoriamente en inglés. Tenía 18 años y, luego de terminar la escuela secundaria, decidió realizar un viaje sola, de 6 meses por Sudamérica, viaje que la traía por el norte argentino. Ahora, estaba tomando una cerveza caliente con nosotros, en la misma despencita de aquella señora a la que visito cada vez que vuelvo a aquellos cerros. Camino de vuelta a Iruya, cruzamos un nutrido grupo que iba en dirección opuesta a la nuestra. Entre las caras, había una que llamaba mucho mi atención. «¿Quién es? ¿Quién es? ¿Quién es?…¡¡¡Homero!!!».

Homero, un tipazo.

Impensadamente, a más de 1000 kilómetros de nuestra Córdoba natal, y entre medio de aquellos cerros coloridos, volvíamos a encontrarnos, después de casi 10 años sin vernos. Homero, aquél gran amigo y una de las personas más buenas que conozco, dueño de una sensibilidad muy particular, hacía algunos años se había iniciado como luthier y músico de un bello instrumento africano, hasta entonces desconocido para mí, llamado Mbira. Recuerdo pocos abrazos tan lindos como aquél que nos dimos. No era joda. Hacía tantos años que no nos veíamos, y nos veníamos a reencontrar ¡justo entre los cerros de Iruya! Luego de un rato, cada uno siguió su camino, con su respectivo grupo.

Homero (o Rodrigo), tocando su mbira

Aquél día había sido tan bueno, que lo consideré digno de un cierre de fábula : además de Lucas, Vladimir y Josepha (la alemana), estaban también en Iruya dos amigas que hice en Humahuaca (Débora y Joana). Los cité a los 5, a la medianoche, en el «mirador de la cruz», el más pequeño de los 2 miradores, calle arriba del pueblito.

Subiendo por la callecita del chango, se llega al mirador de la Cruz.

Puntual, cual reloj suizo, nos encontramos los seis en el lugar acordado. De mi mochila, saqué una botella de plástico, la cual corté prolijamente con un cuchillo. Acto seguido, con un encendedor prestado, quemé los bordes de la misma y procedí a mezclar en su interior un vino tinto en tetra-brick con gaseosa Pritty limón, todo un clásico cordobés. Ante la risa de los argentinos y la confusión de Josepha, no me quedó más remedio que explicar aquél extraño ritual: «Ok, this is a Prittiau, a traditional beverage from my hometown. You´ll like it!». «Oh, Prittiau, fantastic!». Los seis nos reímos a carcajadas, hasta que repentinamente nos quedamos en silencio, como si algo nos hubiera despabilado y hecho tomar conciencia del lugar en el que nos encontrábamos. La luna se asomaba por sobre los cerros, iluminando su contorno, al igual que el de las nubes que se veían a lo lejos, poblando el horizonte nocturno. El prittiado fue la anécdota de color. El momento, en que seis desconocidos coincidieron en un mismo lugar y compartieron un momento inolvidable, es otra de las postales mentales que guardo dentro mío, con mucho cariño.

Hasta siempre, mi amor

A las 8 de la mañana, ya estaba arriba. Había preparado mi mochila de mano lo más rápido posible. Tenía una botella con agua y la urna con las cenizas. De paso, compré una banana, una manzana y una pera, en la única despensa que encontré abierta a esa hora. Sin desayunar, emprendí la subida empinada, camino al mirador de los cóndores. Nunca en mi vida me agité tanto. Sentía que los pulmones iban a estallar dentro de mi pecho, y tenía que parar cada dos o tres minutos a intentar recuperar el aliento. A mi lado pasaban las cholitas cargadas, en alpargatas y a toda velocidad, sacándole chispas al suelo rocoso. Casi que ni las veía pasar. Luego de la cuarta cholita, ya no había vergüenza ni orgullo que lastimar. Sabía que no había manera alguna de competir con ellas. Eran inmunes a la altura…

Cansado, decidí sentarme en una piedra a intentar reponer el aliento, que se negaba a volver a mis pulmones. No entendía cómo era posible que el día anterior hubiera podido subir ese trayecto casi sin agitarme, y ahora estaba ahí, sentado en esa piedra, luchando para poder respirar. De mi mochila saqué la banana y me la comí. No quiero sonar exagerado, pero fue en ese preciso instante cuando comprendí sobre la importancia de alimentar adecuadamente el cuerpo, ya que aquella insignificante banana, resultó ser un poderoso combustible para mi organismo, hasta ese entonces en ayunas. La transformación fue casi comparable a la de Popeye al comer su espinaca. A los pocos segundos, me sentí revitalizado y lleno de energía para seguir. De un tirón conseguí llegar hasta el mirador, donde volví a sentarme y comí la segunda fruta. A un costado del mirador, el camino continuaba, tímido. Comencé a caminar, con la promesa de no detenerme hasta haber encontrado el lugar perfecto para que mi amiga pudiera descansar eternamente. No sé cuánto habré caminado, en tiempo ni en distancia. Lo que sí sé es que luego de un buen tramo, alcancé a ver un pequeño hilo de agua que bajaba entre las rocas del cerro, formando una pequeña cascadita, un poco más abajo. ¿Iruya, cerros y cascada? ¡Había encontrado el lugar indicado!

Viejos senderos que conducen al lugar de su descanso.

Con cuidado, me descolgué y bajé siguiendo el hilo de agua, intentando no resbalarme ni romperme la cabeza. Una vez abajo, saqué la urna y me senté a pensar. Bebí un poco de la helada y cristalina agua que bajaba de aquella vertiente, y me puse a repasar aquellos 3 años que pasé junto a la Chancha. Recordé la felicidad que trajo a mi vida cuando la adoptamos, recordé los meses siguientes donde todo se empezó a ir a la mierda y en que todo escaseaba, habiendo sido ella lo único que me mantuvo a flote. Recordaba cómo conseguí hacerla adelgazar aquellos 10 kilos extras que tanto daño le hacían a su salud, y de todas esas horas larguísimas que compartimos, caminando por los 3 diferentes barrios porteños en los que vivimos juntos. Recordaba la tristeza que me daba no poder ofrecerle un lugar más lindo para vivir, pero también la gratitud que ella me demostraba cada vez que volvía de trabajar y salía a recibirme. Recordé la persona que era antes de conocerla y la persona en que me convertí gracias a ella.

Lloré, pero entendí que todo tiene un final. Entendí la mortalidad como ley inquebrantable de la vida, entendí que a todos nos llegará nuestra hora, y que la de ella ya lo había hecho. Que sufrir y renegar de lo pasado era un sin sentido, que mejor tenía que seguir adelante, agradeciendo y aplicando cada una de las enseñanzas que me había dejado. Había llegado el momento: destapé la urna y la puse junto a la cascadita, mientras veía cómo el agua pura comenzaba a inundar la pequeña urna de madera y a llevarse sus cenizas con ella. Ahora, mi gran amor descansaría en aquél lugar al que le debo tanto. A partir de aquél momento, Iruya pasaría a ser mi Meca espiritual.

Hasta siempre y gracias por haberme salvado la vida.

El amor y la amistad me llevaron esa vez a Iruya, poniéndole un paréntesis a mi viaje recién comenzado. Si hay dos palabras que quedaron grabadas a fuego en mí, luego de ese mes camino al NOA, esas son «soltar» y «agradecer». Nada pasa porque sí, todo pasa por algo. Le agradezco a Tamara y a cada una de las personas que se cruzaron conmigo a lo largo de aquél mes, por todo lo que me enseñaron, pero por sobre todo, le agradezco a la Chancha, por haber sido una parte esencial en la formación del hombre que soy ahora. Aun después de muerta, seguía enseñándome y marcando mi norte a seguir en la vida.

Joel Lousararian

¡Hola! Mi nombre es Joel, soy de Córdoba y hace poquito que pasé los 30. Mi curiosidad y mi amor por las culturas me trajeron hasta acá. Hace más de 4 años que viajo a dedo sin más compañía que mi querida mochila. Escribo lo que siento y fotografío lo que veo. Si consigo que reveas la posibilidad de retomar ese sueño abandonado por temor, entonces, todo esto ya habrá valido la pena. ¡Gracias por pasar y leer!

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