Bienvenidos a la capital nacional del cáncer

De la antipatía al «fascismo solidario»

 ¿Por qué no me quiere levantar nadie? Son las 3 de la tarde y hace 2 horas que estoy haciendo dedo. No hay sol, pero la resolana abrasadora se hace sentir, sin piedad. Me preocupan esas nubes negras que veo venir en mi dirección, avanzando a paso decidido. ¿Tormenta eléctrica? ¿Granizo? ¿Temporal? Sea lo que sea, espero que me levanten antes de que llegue. Allá a lo lejos, veo venir otra camioneta más. Debe ser la décima que pasa, sin acompañante y con la caja vacía. Le hago dedo y… nada. Al igual que los anteriores, decide ignorar mi sonrisa y mi pulgar levantado. Claro que ni él ni nadie tiene la obligación de llevarme, eso está claro. Lo que molesta es el desprecio absoluto hacia esa otra persona que se está dirigiendo a vos. No me ignores. Aunque sea, devolveme una mirada, un gesto, una contestación, por mínima que sea, expresando tu negativa. Todo es válido y será siempre preferible a la desagradable sensación del desprecio que queda cada vez que te ignoran.

 Pero no. La gran mayoría de los conductores prefiere hacer de cuenta que acá no hay nada; que ese flaco con 2 mochilas, parado a un costado de la ruta, jamás existió. «Mejor», pienso después. La idea es compartir el viaje con gente que enriquezca mi experiencia y no con un sorete al volante. Por suerte, el suelo está lleno de piedritas que me entretienen y me hacen olvidar, de a ratos, que las nubes negras están a la vuelta de la esquina. Juego a hacerlas cruzar al otro lado de la ruta de una patada. Cualquier distracción es válida para entretener la mente… y la panza. Mi estómago ruge, en evidente protesta al alimento del mediodía: como no hubo tiempo de almorzar, compré dos alfajores, a la pasada. Y ya.

Bueno, al menos la yarará se almorzó un sapo…

 «¡Sube de una vez, weón! ¿qué tai esperando? ¡sube!». La lluvia era tan pesada y mi resignación tan grande, que jamás me enteré que aquél enorme camión rojo había decidido frenar abruptamente, para levantarme. «¡Vamos, weón, trae toda tu weá que no hay tiempo!». Quien me apuraba a los gritos, asomándose del camión, era Octavio, bizarro personaje que pronto conocería mejor, el cual fue el único que se dignó a ofrecerme ayuda. Estoy absolutamente empapado y casi no puedo ver por la intensa lluvia y el viento. Como puedo, agarro mis mochilas y corro en dirección al camión. Haciendo equilibrio, con todo el (contra) peso sobre mis espaldas, trepo hacia la cabina, acomodo el equipaje y me abrocho el cinturón. ¡Ahora sí!. «Muchas gracias, estuve casi 3 horas haciendo dedo y nadie paró». Pero Octavio, parece, estaba más interesado en regañarme que otra cosa: «Pero tu estai loco, weón, ¿como vai a salir con este tiempo? ¿Qué acaso no sabes que hay pronóstico de temporal? ¡En la radio hablaban de un ciclón!». En ese momento no tenía idea, pero efectivamente, ese día, la cola de un tornado asotó Concepción del Uruguay, a escasos 30 kilómetros de donde estaba haciendo dedo. Esta vez, estuvo cerca.

El tipo consideró oportuno salir a hacer dedo un día de tornado… ¿qué tal?

 Lo que siguió fue un viaje de media hora con Octavio, que si bien breve, no por eso menos intenso. Se declaró abiertamente fascista, fanático de Pinochet (quien ilustra el fondo de pantalla de su celular) y anti-argentino. «Te levanté porque me hai dao´ pena, weón, todo mojao ahí. Pero pareces un buen tipo. ¡Eri el primer argentino que me agrada! ¿Hai´ almorzao? Ven, vamo a comer algo, si el viento no nos vuela todo a la chucha…». Pasando la entrada a Ubajay, y a escasos 100 metros del desvío a San Salvador, Octavio estacionó su camión y bajamos. La lluvia, para ese entonces, ya había parado, pero el cielo seguía de un color amenazante. A lo lejos veíamos cómo el viento arrastraba enormes ramas de árboles.

 En tiempo récord, Octavio cocinó en el anafe de su camión unos huevos revueltos, con tomate, aceite y perejil, acompañados por unas rodajas de pan. «Buen provecho, weón. Espero que podai llegar bien a ese pueblo al que vai». Comimos hasta donde pudimos, ya que el viento se puso mucho peor y Gendarmería lo intimó a Octavio a mover el camión, ya que podía ser peligroso. «Milicos de mierda», comenta el camionero por lo bajo, y yo no terminó de entender si Octavio es boludo o se hace. El suyo es un fascismo cómodo: apoya a las fuerzas «de seguridad», siempre y cuando no le rompan las bolas a él y se las rompan a terceros. Le doy un abrazo, le agradezco por la comida y, cuando ya estaba dentro de su camión, le grito «¡Aguante Salvador Allende!». «¡Qué chucha, weón, vete a la mierda!», me grita desde adentro, entre risas, y se despide con un bocinazo.

La bandera y la foto de Pinochet en su celular. Si tan sólo supiera que realmente está «haciendo patria» cuando ayuda a un desconocido y no cuando le desea la muerte…

La Corporación Non Sancto

 La lluvia había parado hacía unos 20 minutos, pero amenazaba con volver en cualquier momento. Mis cosas estaban empapadas, al igual que yo, y para variar, acá tampoco tenía dónde guarecerme cuando volviera la lluvia. Junto con las primeras gotas gordas, llegó Marcos, un estudiante de Federación que estaba camino a Paraná. De un solo tranco, hicimos 35 kilómetros, bajo la espesa cortina de lluvia que caía sobre el parabrisas de su viejo Renault color verde descascarado, haciendo la visibilidad casi nula. Llegamos. «Mirá, al menos tenés una garita donde refugiarte», me dice Marcos, tratando de ponerle humor a la situación, señalando una vieja parada de colectivos con un diseño avant-garde del tipo «colador», que hacía que la lluvia entrara de refilón por los múltiples agujeros que adornaban sus flancos, cada vez que el viento soplaba de costado. Ahora, debía rogar que en el medio del campo, mi viejo celular tomara algo de señal, para contactar a Lito. ¿Quién es Lito? Para poder presentarlo mejor, primero, debería realizar una introducción.

 Pocas semanas antes, había procurado dónde hospedarme en San Salvador, ciudad entrerriana conocida como «la capital nacional del arroz». Mientras buscaba información adicional en internet, no paré de encontrar notas con denuncias de casos gravísimos de cáncer en la población de la zona. Al parecer, toda la provincia de Entre Ríos (pero en especial los departamentos de San Salvador y Villaguay), posee la tasa de cáncer más elevada de todo el país. Las estadísticas muestran que más del 40% de la población, tiene o tuvo cáncer, alguna vez. ¿El motivo? A excepción del gobierno provincial y Monsanto, todos parecen coincidir en que el glisofato con que los productores y grandes terratenientes fumigan, no sólo sus campos, sino también escuelas y poblaciones rurales, es el verdadero culpable.

Fuente: AGMER URUGUAY. Crédito de la foto: www.ahora.com.ar

 ¿Y para qué hice esta introducción, si estaba hablando de Lito? Es que a las pocas horas de enviar las solicitudes de hospedaje, me responde  Lito, invitándome a pasar unos días en su casa, junto a su mujer. Me aclaraba que no vivía en San Salvador, sino en Jubileo, un minúsculo caserío, en el medio del campo, a tan sólo 15 kilómetros de San Salvador. No lo pensé dos veces, y le confirmé mi presencia. La idea de pasar algunos días en el campo me parecía inmejorable. Con lo que no contaba, era con que Lito se comunicara una semana antes de la fecha pactada, para cancelar su ofrecimiento, entre sentidas palabras de disculpas. «Estoy enfermo, Joel, no te voy a poder recibir como te prometí. Lo siento mucho, de verdad». No hizo falta que me aclare de qué se trataba. A pocas palabras, buen entendedor…

 Mi idea era montar la carpa en el campo. La misma mañana en que salí, le escribí para decirle que no se preocupara, que no tenía de qué disculparse y que lo comprendía muy bien. Le explicaba que, de todas maneras, tenía que pasar por la zona y que si estaba de acuerdo, podía pasar a conocerlos y a tomar unos mates con ellos. A los dos minutos, tenía su respuesta en mi buzón de entrada. «Estuve hablando con Majo, mi mujer, y si bien la situación no es la mejor, nos encantaría que pases unos días con nosotros». Con mucho pesar rechacé su invitación, por no considerar oportuna mi presencia en su casa, en un momento tan particular para ellos, pero me volvieron a contestar, reiterando la invitación. Esta vez acepté y les confirmé mi presencia. «¡En media hora salgo!». Ahora, estaba intentando coordinar el encuentro, desde la garita, en las afueras de San Salvador. Treinta minutos más tarde, Lito pasaba en su camioneta, dando así por finalizado el operativo de rescate del mochilero varado en el diluvio entrerriano.

No, tranquilos, que no es la misma camioneta con que me pasó a buscar.

Lito y Majo: acá no se rinde nadie

 La casa de Lito y Majo era una belleza. Si bien disponen de un buen pasar económico, viven en una casita sencilla. A diferencia de tanta gente que decide mudarse al campo para terminar construyéndose un palacio donde estar confinados, sin interacción con la naturaleza, ellos decidieron mudarse a una casita vieja, que no desentona en absoluto con el entorno que la rodea. Allí todo huele a vida. Vacas, caballos, gallinas… y dos cachorros, uno de labrador y el otro de ovejero alemán, formaban parte de la fauna doméstica. En el centro de la sala, una vieja mesa de sinuca (devenida en mesa de trabajo artística) y la infaltable chimenea, le ponían un moño al panorama de aquella casa. Dijo Lito: «A nosotros no nos van a sacar de acá, aunque estos hijos de puta que fumigan insistan con seguir matándonos con su veneno». Creo que aquella frase fue intencional, ya que le sirvió como trampolín para poder pasar a su historia personal: «Hace casi 2 años me diagnosticaron cáncer. Fue muy jodido para nosotros, pero decidimos pelearla, no bajar los brazos. Empecé el tratamiento con quimioterapia en Puiggari y todo fue bien. Después de algunos meses muy complicados, finalmente los médicos me dijeron que el cáncer se había curado. Pero hace 2 semanas, me empecé a sentir mal nuevamente. No quería ni pensar que podría estar enfermo de nuevo, pero tuve que volver para hacerme los controles. El cáncer volvió…».

La mesa de sinuca, los pinceles y las témperas.

 Lito hablaba y lo hacía con ese aire de frustración e impotencia, que tienen aquellos que saben que poco y nada pueden hacer para combatir una injusticia. Sin duda, eran sus años de experiencia los que hablaban en lugar del mensaje en tono contestatario que habría dado algunas décadas antes, cuando era un hippie idealista que viajaba con su mochila por Sudamérica, al igual que yo. Ahora, con sus 66 años encima, se lo veía algo cansado, pero para nada derrotado. Hablamos largas horas sobre la realidad política Latinoamericana y del mundo. A pesar de su apellido de origen judío, es un crítico opositor del estado sionista de Israel. «Mirá, Joel, te comento: por esta casa pasaron tantas personas, que ya perdí la cuenta. Antes de empezar con esto de Couchsurfing, ya estábamos metidos en Hospitality Club. Hemos recibido gente de Polonia, Alemania, Francia, Rusia, Japón… ¡pero nunca de Israel! ¡En casa nunca vamos a recibir asesinos!«. Lito, sin duda, es un tipo de convicciones firmes.

Los changuitos: ¡lo que tenían de bonitos, lo tenían de torpes y pelotudos!

-«Lito, ¿te puedo hacer una pregunta? ¿Es verdad que casi la mitad de la gente de la zona tiene o tuvo cáncer, en algún momento?».
-«Te quedaste corto, pibe: ¡es el 80%! Están las estadísticas…». Y continúa: «Hace poco vino gente de la Universidad de Rosario y de la Universidad de La Plata, para estudiar la contaminación en aire, agua y tierra. Todavía no sabemos los resultados, pero no es secreto que es por los plaguicidas y las porquerías que le echan a la soja y al arroz».
-«¿Vos decís el Roundup.
-«Sí, a esa mierda. Mata todo lo que toca. Ahí está el negocio de Monsanto: primero desarrollan el veneno que lo mata todo. ¿Pero de qué te sirve tener un veneno que te mate también los cultivos? Bueno, desarrollaron plantas que son resistentes al Roundup y patentaron las semillas. Son plantas que además son más resistentes a la sequía, pero qué pasa: te hacen mierda el suelo, crea una capa fina que impide la absorción del agua, y cuando llueve, se inunda todo. Es malo por donde lo mires. ¿Pero a los empresarios del agro qué carajo les importa, si ellos no viven en el campo? No quieren al país, no piensan en su gente, sólo quieren ganar plata. Entonces, están todos sembrando soja transgénica, fumigada con veneno cancerígeno. Fumigan escuelas, casas, no les importa nada…»

Fuente: AGMER URUGUAY. Crédito de la foto: www.ahora.com.ar

Los nuevos «vuelos de la muerte»: el genocidio silencioso que envenena al pueblo.

 Lito es un férreo activista en contra de Monsanto… ¡y kirchnerista!. Cuando noto esa grave contradicción, no se la puedo dejar pasar.
-«¿Y qué opinás de que Cristina (Fernández de Kirchner, ex presidenta) se haya entrevistado en Nueva York con el CEO de Monstanto, en persona, y haya acordado una inversión multimillonaria en el país?». Pocas veces he visto un trabajo en equipo tan aceitado, como el que vi entre Lito y Majo: cuando vio que agarré en off-side a su marido y que éste me estaba por putear, saltó de su asiento y cambió de tema, haciendo gala de una cintura pocas veces vista para zafar de una situación incómoda: «¿Y si preparo una picada y nos tomamos un vino?». El efecto distractivo de Majo había funcionado a la perfección. Los pickles, la morcilla, el queso y el salamín de campo, ya desfilaban por la mesa. ¡Buen provecho!

Reflexiones

 Ya pasó un tiempo desde mi paso por la casa de Lito y Majo. Agradezco inmensamente haber tenido la oportunidad de conocerlos y escuchar sus historias, como cuando decidieron irse los dos de mochileros a Rusia, con 60 años. O de cuando compraron una casita pequeña en un morro poco poblado en las afueras de Rio de Janeiro, plantaron marihuana, alguien los denunció y tuvieron que escapar de Brasil, en plena dictadura. Esa casita, me contaron, pasó a ser conocida como «la casa de los narcos argentinos». –«Era una casa muy linda, todo era tranquilidad. A nosotros nos gustaba Brasil y nos encanta fumar. ¿No teníamos tantas plantas, eh? Habrán sido unas 4 o 5. Alguien nos denunció y tuvimos que salir rajando, lo último que querías era caer preso por narcotráfico en el Brasil de los ´70…«. Tal vez porque tienen un hijo de mi edad, es que me haya sentido así, como en mi casa. Jugando con los cachorros, andando a caballo, tomando mates en el jardín o ayudándolos a plantar algunos árboles en el fondo.

Eclipse nebular en Jubileo, mientras las nutrias chapotean en el estanque.

El bello cielo entrerriano, cómplice involuntario de las mafias rurales.

 A Lito lo recuerdo como un tipo lleno de vida, un peleador. Nunca abandonó la idea de salir a recorrer el mundo junto a Majo, ni siquiera en el momento más complicado de su enfermedad. Él último día que lo vi, el día de nuestra despedida, no se pudo levantar de la cama. El dolor era tal, que apenas podía hablar. Fui yo quien tuvo que acercarse e inclinarse para poder besarlo y darle un abrazo. Era justamente eso lo que él no quería que viera, por eso había declinado su primera invitación. Temía por su dignidad. Por suerte, las ganas de viajar y de interactuar con otro viajero pudieron más que su orgullo, y fue así que los tres terminamos entablando una linda amistad. Duele saber que gente como Lito muere a manos de estos modernos señores feudales, que matan lenta y silenciosamente al pueblo inocente, a cambio de algunos ceros extras en su cuenta bancaria. Claro está, nada de esto sería posible sin el aval y la complicidad del Estado. No hay palabras para explicar tamaña vileza y traición. Empezando desde el/la presidente de turno, hacia abajo, todo el aparato político está podrido. El salvajismo de las fumigaciones es más explícito acá, en Entre Ríos, que en ningún otro lugar del país. Prueba de esto, es que casi la mitad de los pacientes oncológicos del Hospital Garrahan (hospital infantil), en Buenos Aires, provienen de esta provincia.

El bello cielo entrerriano, cómplice involuntario de las mafias rurales

 Por Lito, por Antonella González (víctima de cáncer a los 8 años), por Fabián Tomasi (víctima de polineuropatía tóxica severa a los 49 años), por todos los entrerrianos y por todas las poblaciones rurales del país y el mundo que están muriendo a manos de los plaguicidas de Monsanto y la complicidad de los gobiernos. Ellos no nos representan: no es la voluntad del pueblo morir de cáncer. ¡Basta de fumigarnos al pueblo, asesinos!

Joel Lousararian

¡Hola! Mi nombre es Joel, soy de Córdoba y hace poquito que pasé los 30. Mi curiosidad y mi amor por las culturas me trajeron hasta acá. Hace más de 4 años que viajo a dedo sin más compañía que mi querida mochila. Escribo lo que siento y fotografío lo que veo. Si consigo que reveas la posibilidad de retomar ese sueño abandonado por temor, entonces, todo esto ya habrá valido la pena. ¡Gracias por pasar y leer!

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1 respuesta

  1. elenasabella2016 dice:

    Hermoso leerte, como siempre! Hacés viajar con tus historias, y al mismo tiempo concientizás sobre temas importantes que demasiadas veces se pasan por alto. Parecía estar con vos en esa casita de Jubileo. La historia de Lito es la historia de demasiados, matados o enfermados por el hambre de dinero de las grandes corporaciones y de los gobiernos corruptos. Gracias por compartir tu experiencia y para que cada uno de los que te leamos abramos un poquito más los ojos!

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