Buenos Aires, adiós (2° parte)

 Mediaba septiembre del 2016. Decenas de pueblos bonaerenses me habían recibido y me habían enseñado a dar mis primeros pasos con la mochila al hombro. Ahora, comenzaba a divisar luz al final del túnel. El recorrido estaba próximo a su fin. Sólo algunos pocos pueblos y ciudades restaban antes de dar por finalizada mi primera región, oficialmente. Mi intención era la de terminar el recorrido antes del comienzo de octubre, donde además, contemplaba un fugaz paso por la Capital Federal. Iluso de mí. El mochilero propone, y la ruta dispone.

Laprida

 De Laprida, casi nada sabía. Durante mi estadía en De la Garma había oído hablar de esa pequeña ciudad en el centro de la provincia, donde la gente tenía una gran conciencia ambientalista y una desarrollada cultura del reciclaje. En ese momento me pareció interesante pero, rápidamente, descarté la idea: desde Azul tenía pensado ir a Saladillo. Ir hasta Laprida significaba un desvío en mi ruta y consideré oportuno apuntar aquél pueblito en mi lista de «pendientes» para una futura ocasión. Con lo que no contaba era que, en Tandil, fuera invitado por Francisco, primer anfitrión de CouchSurfing en la ciudad, a asistir a los festejos del 127° aniversario de la fundación de su pueblo a celebrarse, exactamente, una semana después. ¿De dónde era oriundo Francisco? ¡De Laprida! Ya no tenía excusas. Oficialmente, Laprida se incorporaba a mi lista.

 Proveniente de Azul llegué un viernes de mediados de septiembre, por la tarde. Los festejos habían comenzado en forma preliminar unas horas antes, motivo por el cual, la plaza principal ya estaba colmada de gente a esa hora. Puestos callejeros de todo tipo, vendedores ambulantes y pequeñas obras artísticas en escenarios improvisados en la calle, adornaban el paisaje urbano. A un costado de la plaza, frente al edificio de la municipalidad, estaba montado el imponente escenario sobre el cual actuarían esa noche Los Pericos, y al otro día, El Plan de la Mariposa, una gran banda en pleno crecimiento, oriunda de Necochea. En otro costado, los puestos de carne asada daban el presente infaltable en una fiesta de ciudad rural argentina. Asándose detrás de cada puesto, «a la cruz», se exhibían los cuerpos de las media-reses desde los cuales, a pedido del cliente, se desprenderían las porciones de carne solicitada.

Vacas, al alba, haciendo fila para recibir al dios Febo.

 Cuando las miradas de los curiosos comenzaban a incomodarme un poco, veo aparecer entre la multitud a una cara conocida. Era el Chave, amigo de Francisco, a quien había conocido una semana antes en Tandil. Él se había ofrecido a alojarme en su casa por los días que durase mi estadía. No había tiempo que perder, el día iba a ser largo y ya estábamos tarde.

 De camino, y mientras nos abríamos paso entre la gente, un lujoso Mercedes Benz negro, con los vidrios polarizados, me frena a escasos centímetros de distancia. «¡La puta que te parió!», le grito al chofer mientras me acerco intentando verle la cara para redoblar la puteada. No pasaron ni 2 segundos hasta que se bajaron 3 mafiosos seguridad vestidos de traje, a lo «Men in black», que me miran con cara de «correte del medio o te molemos a palos». Entre la calentura y la perplejidad, la situación termina de irse al carajo. Uno de los patovicas seguridad se dirige hacia la parte trasera del vehículo y abre el baúl. Cuando esperaba que sacara una barreta o un bate de baseball para romperme la cara, noto que extrae y abre una silla de ruedas (?!). Un segundo matón seguridad abre una de las puertas y saca a upa a Gabriela Michetti, vicepresidente de la nación y la sienta en la silla recientemente desplegada. Resulta que la vice es oriunda del pueblo y ese día fue a dar el presente 5 minutos antes de huir despavorida. ¡Si la anécdota va a ser insólita, que sea difícil de superar!

Mauricio y Gabriela, la fórmula del ajuste.

 Una vez en su casa, me reencontraría con Francisco y su novia, Agustina, al tiempo que conocería a Maxime, un francés en plan de recorrer la Patagonia argentina y chilena, quien se encontraba de paso en Tandil al momento de ser abducido por Francisco, con la promesa de que probaría en Laprida el mejor asado de su vida.

Constelación de brasas aguardan por el astro rey (porción de vacío).

 Aun no recuerdo cómo fue que me las arreglé, pero cumplí con todos los compromisos asumidos: tomé fernet en lo de Francisco, escuché medio a la pasada a Los Pericos en la plaza, comí asado en lo de un amigo del Chave y hasta pude ver por la tele cómo el árbitro inventaba un penal para que Talleres perdiera 1 a 0 ante Colón de Santa Fe.

 Indignado y algo entonado, metimos primera rumbo al balneario municipal, lugar donde entrada la madrugada, todos los jóvenes del pueblo decidieron tomar como punto de encuentro para que la celebración continuase, al rededor de un enorme fogón. Unas horas más tarde, el amanecer que presenciaríamos sería espectacular. También pude ver, en contraste, las diferencias de una celebración «de pueblo» y una «de ciudad». Más de 50 personas, muchos de ellos adolescentes, coexistían alegremente, compartiendo bebidas y charlas, muy distinto a las celebraciones en Córdoba y en Capital, donde todo festejo termina indefectiblemente, SÍ o SÍ con disturbios. ¡Cuánto tienen por aprender los bichos de ciudad de la gente del interior!

¡Cómo olvidar cuando Diego Maradona pasó por el balneario a tocar un temita de Chuck Berry!

Camila Andersen. El Plan de la Mariposa.

Lobos – La Plata

 Siguiendo en dirección norte, enfilé rumbo a Lobos, histórica ciudad célebre por haber sido lugar de nacimiento de Juan Domingo Perón (1895-1974). Con un calor más propio a enero que a septiembre, caminé kilómetros adentro hasta la parada de colectivos, previa escala en verdulería random para abastecerme de frutas. Esa noche tocaría acampar y no pensaba cocinar. Allí esperé por un colectivo urbano que me llevara a la Laguna de Lobos, en las afueras de la ciudad. Casi, casi, un pueblo aparte.

 Al consultar con personal de la oficina de turismo sobre la posibilidad de acampar a la vera de la laguna, me entero que está prohibido acampar en el pueblo, y que de querer hacerlo, tendría que pagar $150, para quedarme en el camping oficial. «¿Y qué pasa si igual armo la carpa al lado del lago?» –«Te la va a llevar la policía».

 Ok. Recuerdo haber pasado toda esa tarde bajo la sombra de un árbol, haciendo tiempo, relajado sobre el césped, mirando la laguna y las nubes pasar. Ya habían sonado 2 discos de ZAZ cuando me propuse buscar el mejor lugar donde tirar la carpa. Hablando con un pescador, me señaló una especie de pantanillo superpoblado por juncos. Me dijo que si me adentraba en dirección al centro, podría encontrar un claro de tierra firme donde podría montar mi carpa tranquilo, sin miedo a que la policía me molestase.

La laguna de Lobos, una belleza.

 Tal cual sus indicaciones, al poquito tiempo de caminar entre los juncos, encuentro el claro que me había mencionado el pescador. Era perfecto, los juncos obstruían la visión de quienes pasaran del otro lado, y estaba lo suficientemente cerca como para sentir el sonido de las olas de la laguna. Con el último rayo de sol, decido meterme a la carpa y escuchar otro disco más antes de dormir. No alcanzo a cerrar la carpa que comienza el peor temporal que me agarró en un año de viaje.

La nave está pronta a despegar. Vengan de a uno.

 Al otro día, ya estaba haciendo dedo en dirección La Plata. Allí ya me había confirmado hospedaje Vero, la hija de Perla. Fue en la rotonda de la entrada a San Miguel del Monte, donde me gritaron por primera vez desde un auto «¡Andá a laburar!». Sin lugar a dudas, ya estaba cerca de la ciudad , lo que quedaba en evidencia al comprobar el nivel de atrofia mental y cultural de mucha de la gente que coexiste entre tanta mierda citadina. También fue el punto de Buenos Aires donde más tiempo tuve que esperar para conseguir dedo (cerca de 2 horas). La espera valió la pena ya que quien me levantó me dejó en la puerta exacta de la casa de mis nuevos amigos.

 Además de ellos 2, debía sumar a Estefa, amiga con quien compartían casa y con quien rápidamente también entablé amistad. Fue ella quien me hizo escuchar por primera vez forró, música tradicional del nordeste brasileño que me voló la cabeza.

La mejor playlist de forró tradicional brasileño. De nada

 Haberlos conocido significó para mí un antes y un después en mi viaje. No sólo por sus historias de vida y de viaje, ni por sus planes presentes y a futuro, sino por la dinámica en que Vero y Nacho llevaban adelante su pareja. Nunca en mi vida conocí una pareja que funcionase tan bien, donde hubiera tanta libertad, amor y confianza de por medio. Conocerlos me permitió terminar de comprender algunas cuestiones que me venía preguntado internamente. Cada pareja es un universo aparte, pero conocerlos a ellos dos fue la confirmación de lo que ya sospechaba desde antes: sin respeto ni libertad jamás habrá amor.

 Estaba muy contento, había conocido a 3 personas espectaculares y estaba en una de las ciudades con más arte y cultura del país. Al segundo día en la ciudad, decido ir con Nacho al bosque de La Plata, junto a la cancha de Gimnasia y al Museo de Ciencias Naturales. Era una linda oportunidad de volver a tomar contacto con una pelota de fútbol. Años de falta de práctica me habían vuelto bastante rústico, pero no lo suficiente como para despreciar la invitación. Un poco «a los ponchazos», pero aun tenía algo de control de la pelota. El juego era sencillo: nos situábamos, el uno del otro, a uno 30 o 40 metros, e intentábamos pasarnos el balón en la menor cantidad de «toques» posibles.

 Todo está saliendo demasiado bien, me estoy divirtiendo mucho, tal vez sea hora de cagarla: disimulado entre el césped del parque, un agujero en el suelo, lo suficientemente grande y profundo como para que calce en él mi pie derecho, me esperaba a centímetros de donde picaba la pelota, con plenas intenciones de cortar mi breve retorno a las canchas. ¡Crack! Puteadas y dolor a montones. Me quito el calzado, mi tobillo ya está hinchado. Mi retorno a la casa, para no perder la costumbre, fue sin pena ni gloria.

Durante los días que pasé postrado, no pude hacer más que avistaje de mobiliario.

 Como esguinzar, me pude haber esguinzado en cualquier lugar del viaje. Antes que quejarme por haberme lesionado, preferí celebrar el haberlo hecho en compañía de gente que me cuidó como lo hicieron ellos. Fueron 2 días más, postrado, hasta que pude sentir un poquito menos de dolor y consideré oportuno solicitar asilo en Buenos Aires, ciudad que hasta hace poco fuera mi casa, y de paso visitar a mis amistades y reponerme del esguince. A bordo de «La Bartola», la camioneta de Vero y Nacho con la que recorrieron gran parte de Sudamérica, llegué a la terminal de La Plata y me subí a un colectivo que me adelantaría esos pocos 60 kilómetros que separan a una ciudad de la otra.

Si Alex Supertramp se hubiera cruzado con La Bartola en vez del Magic Bus, ahora se estaría comiendo una picada con cerveza.

Capital Federal

 Saltando en una pata me bajé del Plaza y me tomé un taxi desde Retiro hasta la casa de la Euge, en Palermo. Desde su casa partí en julio y a su casa volvía nuevamente, a fines de septiembre. En ningún otro lugar podía sentirme tan cómodo como en el depto de Charcas y Gallo. La enana, como siempre, incondicional.

 Recuerdo que no fueron días fáciles. Cuando pensé que volvía «sólo a saludar» y a reponerme del esguince, olvidé también que hay heridas invisibles que, por no ser explícitas, no por eso dejan de ser más profundas. Viejos miedos, ansiedades e inseguridades comenzaron a abordarme. No sé si habrá sido el hecho de estar postrado, y por ende, (sentirme) algo indefenso y vulnerable, o tal vez el contacto con ese gran monstruo porteño que todo lo lleva por delante, pero todos mis fantasmas salieron a flote. Fueron poco más de 20 días en la ciudad donde intenté conectarme con lo que me hacía bien, a pesar de que mi humor fuera desgastándose día a día.

 Aproveché mi estadía para reencontrarme con mis queridos amigos de Jujuy, los changos, hermanos por elección con quienes compartí todo durante esos 5 años que viví en Buenos Aires. Mi relación con Jujuy había comenzado aún antes de conocerlos a ellos. Allá por el 2010, fue la provincia norteña la que me vio llegar, por primera vez, con una mochila al hombro. Fue entre sus increíbles montañas de colores donde terminé de comprender que mi vida estaba lejos de una oficina, y no creo que haya sido coincidencia que alrededor de tanto jujeñ@ me sienta como en casa.

 También aproveché que mi estadía coincidía con 2 eventos que no me quería perder por nada: por un lado la proyección de las 2 primeras partes de «Víctimas de Tangalanga», un documental de Diego Recalde, donde se propone la detectivesca misión de dar con las históricas víctimas del Dr. a lo largo de su extensísima carrera como villano telefónico. El otro evento, era la presentación de la cantante francesa Zaz en el Luna Park, quien con su música venía acompañando muchos de mis momentos en la ruta.

La trilogía de Recalde. La gente huía despavorida.

ZAZ en Buenos Aires. Siempre es un placer.

 Ya con el pie lo suficientemente repuesto como para pisar, sin tanto dolor, consideré oportuno, por mi bienestar mental, volver a la ruta. Aún quedaba un pueblo más por visitar, antes de dar por finalizado mi recorrido bonaerense y comenzar a adentrarme en tierra entrerriana.

San Antonio de Areco

 Rengo y nostálgico, abandonaba Buenos Aires por segunda vez desde que comenzaba el viaje. El plan para San Antonio de Areco no era demasiado ambicioso, claro está. Con el pie a la miseria como lo tenía, no podía pretender demasiado. La idea era buscar algún lugar a la vera del río de Areco para acampar por esa noche y descansar, al tiempo que ponía a prueba mi pie magullado. Al otro día, debía levantar campamento lo más temprano posible para que no me agarrase la lluvia, pronosticada hacía días.

 Este bello pueblo conocido como «cuna de la tradición», me pareció ideal para ponerle el broche final a todos esos meses en la provincia. Lo suficientemente cerca de Buenos Aires como para ser de fácil acceso en mi condición, y al mismo tiempo, lo suficientemente lejos como para mantener impoluta su esencia de pueblo de campo.

La esquina más pintoresca del pueblo.

 Esa tarde, primaveral, fue perfecta. Entre lectura de Dostoievski y degustación de alfajores Capitán del Espacio, las horas fueron pasando hasta cederles el paso a un bellísimo atardecer y, por consiguiente, al insufrible asedio de los mosquitos. Era hora de encontrar dónde dormir esa noche. Caminando a la vera del río, y donde la misma gana altura para convertirse en barranco, consideré ideal el lugar para armar la carpa, lejos de las miradas de los vecinos y de difícil acceso para la policía. Una vez armada la carpa y con mi mochila grande dentro, proseguí a revivir un ya clásico ritual en mi viaje: «100 de queso, 100 de salame, una tira de pan y un sobrecito de mayonesa, por favor». Con el estómago lleno y la cabeza ocupada en el balance de lo que habían sido esos meses en Buenos Aires, por unas horas logré olvidarme por completo de que al otro día comenzaría un nuevo viaje, en una nueva provincia.

El río de Areco, a la hora de los mosquitos.

 Buenos Aires, la gran villana en todos los libros de historia argentina, me acababa de dar una lección de vida y de viaje que jamás olvidaría. Me había enseñado a ser menos prejuicioso, a conocer en primera persona de lo que hablaba antes de opinar, y que el federalismo en Argentina, aun sin ellos, jamás hubiera existido. Nacimos en un continente donde trocamos tiranos europeos por tiranos locales. De no haber sido Buenos Aires, tal vez la provincia unitaria habría sido Córdoba. El problema es de raíz, no es nominal.

 Hermosa Buenos Aires, que nadie se quede sin conocerla.

Joel Lousararian

¡Hola! Mi nombre es Joel, soy de Córdoba y hace poquito que pasé los 30. Mi curiosidad y mi amor por las culturas me trajeron hasta acá. Hace más de 4 años que viajo a dedo sin más compañía que mi querida mochila. Escribo lo que siento y fotografío lo que veo. Si consigo que reveas la posibilidad de retomar ese sueño abandonado por temor, entonces, todo esto ya habrá valido la pena. ¡Gracias por pasar y leer!

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