Buenos Aires, adiós (1° parte)

 Aun, hasta el día de hoy, sigo recordando a Buenos Aires con un profundo amor y agradecimiento. No es para menos, ya que fue allí donde entendí que todo iba a estar bien siempre y cuando no perdiera nunca la confianza en mí. Si yo me lo proponía y no dudaba, seguramente conseguiría lo que deseaba. Hacer dedo, acampar, entrar a un pueblo totalmente nuevo donde no conocía ni me conocía nadie. Sólo yo y mi mochila de 65 litros. Desde aquellos primeros gélidos días en el sur de la provincia hasta los días templados de fines de septiembre, Buenos Aires fue testigo presencial de mi crecimiento como persona y como mochilero. Con este post, me gustaría entonces, homenajearla a la vez que me despido de ella, repasando aquellos meses finales en la provincia, donde pude terminar de conocer su ADN, su cultura, su paisaje y su idiosincrasia. Buenos Aires: ¡GRACIAS!

Paraje Pavón

 Habiendo cumplido mi primer mes y medio en el camino, me tocaba despedirme de la costa atlántica. Dejando atrás Mar de Ajó, mi interés estaba en poder conocer el tridente gaucho bonaerense «Madariaga – Maipú – Ayacucho». Mapa en mano y mochila al hombro, decidí hacer oídos sordos a las recomendaciones de absolutamente TODO el mundo en Mar de Ajó: «No tomes el camino de tierra, por ahí no pasa nadie. Mejor, volvé hasta Pinamar y desde ahí, enganchá directo a Madariaga».

 Les agradezco de todo corazón a todos por sus consejos, pero siempre fui terco y quiero hacer mi ingreso triunfal a los pueblos gauchos a pulmón y no como un viajero más de ciudad. Además, llegar a Madariaga vía el camino de tierra que cruza el Paraje Pavón me brindaba la posibilidad de tener mi primer contacto con algún gaucho verdadero, como los que originalmente supieron poblar el país, de boina, bombacha y facón al cinturón, nada que ver con esos gauchitos de estancia modernos que tan comúnmente se ven hoy en día a lo largo y ancho de la Argentina, manejando la Hilux del patrón y mirándote por encima del hombro con aire soberbio. Nada más alejado a la esencia auténtica del sentir gauchesco.

La Ruta 47. Tierra y pampa infinita.

 Una vez despedido de Ivanna y Magalí, a eso de las 11 de la mañana ya estaba apostado a un costado de la rotonda que bifurca los caminos: hacia la izquierda, la ruta 11, asfaltada, impecable. Comunicaba Mar de Ajó con Pinamar. A la derecha, la ruta 74, apenas asfaltada en sus primeros metros para luego darle lugar al camino de tierra, a las estancias y al silencio. Aproximadamente 45 minutos tuve que esperar hasta que una pequeña camioneta blanca, probablemente de fabricación coreana (por lo frágil que se la veía) se detuviera a un costado del camino. De ella, desciende un hombre bajo, canoso, entrados los 60 años, quien para romper el hielo, no tuvo mejor idea que hacerse pasar por homosexual para ver cómo reaccionaba (?).

 Ya en el camino, me comenta que él también viajó mucho toda su vida, pero que siempre se tuvo que conformar con viajes cortos y funcionales a los gustos de su esposa, mujer 15 años mayor que él y de la que nunca estuvo enamorado, pero que pagaba todos los gastos. Él siempre tuvo amantes y ella siempre lo supo. Como si de un acuerdo tácito se tratase, ambos eligieron vivir siempre fingiendo que nada pasaba y así siguieron con sus vidas. Hoy, ya adentrándose en la vejez, me reconoce con cierto aire de arrepentimiento que, de poder volver en el tiempo, no volvería a elegir a esa compañera, aunque como si de un mecanismo de defensa se tratase, rápidamente opta por decir que «así es como todo tenía que ser», deslindándose de toda responsabilidad.

Estancias y un horizonte infinito. Rutas alternativas que conectan caminos olvidados.

 A eso de las 12 y media del mediodía, llegamos a lo que considero una verdadera reliquia cultural argentina: una pulpería de casi 90 años, aun en pie, a un lado del camino. Me despido de C. y el parte camino a su estancia. Una vez dispersada la polvareda que dejó la camioneta, cruzo en dirección a la pulpería, con algo de cautela buscando no generar lo que llamo un «choque cultural».

 Me gustaría explayarme un poquito más sobre esto, antes de retomar: casi como si se tratase de una «naturaleza adquirida» por siglos de falta de empatía, el ser humano tiende a sentir rechazo hacia «lo desconocido». Todo aquello que se le presente «diferente», le generará un dejo de incertidumbre e inseguridad. Otras personas optan por desarrollar prejuicios sostenidos en fundamentos algo volátiles para justificar esa incertidumbre, bajo una falsa máscara de racionalidad.

 En fin, esa necesidad de evitar ese choque cultural y buscar la empatía inmediata con las personas con las que interactúo cada día, es la que me obliga a esconder mis tatuajes (aun así haga más de 40° de térmica) o a intentar estar lo más presentable cuando me pongo a hacer dedo en la ruta. En este caso, bajé las mangas de mi pullover para que no se pudiera ver ninguno de mis tatuajes y me dirigí en dirección a esas caras que me miraban con asombro, desde la oscuridad de la pulpería.

La pulpería del Paraje Pavón, todo un patrimonio histórico y cultural de la provincia.

 Entro, saludo a la mujer que regenteaba el boliche y a los 2 clientes ocasionales que tomaban sus aperitivos en la barra antes de partir hacia sus casas a almorzar. Fue un minuto algo incómodo, en silencio, mientras ellos me estudiaban con la mirada, tratando de descifrar qué carajo estaría haciendo solo en medio del paraje gaucho.

 «¿Qué anda haciendo por estos pagos, paisano?», no aguantó y me preguntó uno de los hombres. Ahí fue que aproveché para contarles brevemente mi historia: que era de Córdoba, que viví en Buenos Aires algunos años, que me cansé del kilombo y me largué a recorrer los pueblos. Que ahora estaba yendo a Madariaga pero que quería llegar por un camino alternativo. Y que tenía hambre, mucha. Aproveché para pedir una docena de empanadas y un vino.

 La situación cambió completamente, y esa compostura que intentaban mantener al comienzo, rápidamente se convirtió en entusiasmo. Aproveché para sacar el mapa y que me marcaran algunos pueblitos de la campiña, a modo de recomendación para más adelante.

 En el momento del auge de mi satisfacción por el éxito de mi técnica para evitar el anteriormente mencionado choque cultural, sale detrás de una cortina, una chica de unos 24 años, tatuada en todo su cuerpo (cuello, manos y frente incluidos) y piercings por todas partes. Creo que fui yo el que repitió la cara de los paisanos al verme, cuando mis ojos se encontraron con Florencia. Sinceramente, era lo último que esperaba ver en esa pulpería de campo. Hablando más tarde con ella, me cuenta que vive en San Bernardo y que todos los días va a la pulpería a ayudar a su madre en el negocio de la familia y de paso, a ganarse algunos pesos. Ya sin importarme lo que fuesen a pensar los otros, le mostré también mis tatuajes. Al ver el retrato en mi brazo derecho de la Chancha, se emocionó, ya que ella también ama a los perros y hace poco había perdido a su perrita.

El “Jetón” Gómez, gaucho de pura cepa.

 Mientras esperaba la llegada de las empanadas y ya en mi segundo vaso de vino, hizo su entrada quien fuera el personaje que, probablemente, más recuerde hasta el día de hoy: el «Jetón» Gómez. El Jetón es uno de los últimos sobrevivientes de su especie. Es un gaucho auténtico, de esos que al oírlos hablar es imposible no llevar el pensamiento hacia el Martín Fierro. Hacía calor y estaba transpirado, con el polvo y la tierra del campo pegados en sus manos y rostro. Su vestimenta daba testimonio de su pobreza. Era un peón sin casa y con muy pocas pertenencias. No tenía familia, por lo que me dijeron. Gustaba de andar sólo, con su caballo y algún que otro perro que quisiera seguirlo, ocasionalmente. Todavía recuerdo la mirada triste de sus ojos claros, al mismo tiempo que transmitían calidez y bondad.

 Era un hombre sencillo, de pocas palabras, casi como si sintiera vergüenza de su pobreza ante mi presencia. Cruzamos algunas palabras, me contó que venía a tomarse su vaso de vino como religiosamente hace todos los días al mediodía y que, a la vuelta, pensaba bañar su caballo que estaba empapado de sudor por el calor de aquel día inusualmente cálido de septiembre. Llegada la hora de despedirse, le tiendo mi mano y le deseo buena vida, no sin antes haberle tomado algunas fotos.

 Cuando llegan las empandas, saludo a todo el mundo y salgo con mi mochila al hombro, buscando alguna buena sombra donde comer tranquilo y terminar mi vino, misma sombra donde también dormiría la siesta más tarde. Luego, esa misma noche, acampé por primera vez en el viaje, a un costado del camino, entre las vacas que no pararon de mujir hasta que comenzó a llover. ¡Estaba vivo y qué bien que se sentía!

Recuerdo de mi primer noche acampando, al costado del camino.

Maipú

 De los 3 pueblos del cinturón gaucho, sin dudas el que más recuerdo es Maipú. Fue en casa de Lucía y su familia donde volví a sentir la calidez de un hogar familiar, así como también el placer inmenso que me genera recorrer un pueblo tranquilo y seguro. Con sus poco más de 8 mil habitantes, Maipú fue una hermosísima sorpresa. La experiencia anterior, en Madariaga, no había sido de las mejores. Conecté poco y nada con la ciudad y mi anfitrión. El día estipulado para llegar a Maipú era un martes, por ende, a eso de las 10 de la mañana ya estaba caminando en dirección al peaje, con la intención de hacer dedo del otro lado de las barreras.

 Muchas veces, por la misma ansiedad de ver venir un auto de frente, uno levanta el pulgar pidiendo dedo antes de comprobar efectivamente de qué vehículo se trata. Así fue como le he hecho dedo a patrullas de policía, bomberos, cuadrillas de energía eléctrica o TV por cable. En este caso, se trataba de una ambulancia. Cuando noto mi torpeza, le sonrío y le pido disculpas, al tiempo en que doy media vuelta y sigo caminando un poco más. Enorme fue mi sorpresa cuando la ambulancia decide frenar unos metros delante de mí y me toca bocina invitándome a subir.

 Una vez adentro, en el espacio donde se transporta a los pacientes, le extiendo la mano y me presento. Su nombre es Miguel. Miguel siente mucha curiosidad por mí y mi viaje. En un acto paternal, me aconseja que no siga con esto por mucho más tiempo, que la vida se pasa volando y que después me va a resultar muy penoso volver a reinsertarme en el mundo laboral. Le contesto que es justamente por eso que estoy viajando y que lejos de amedrentarme, me motiva a seguir.

Mi amigo Miguel.

 Llegados al peaje, nos despedimos y me dirijo al mejor lugar para hacer dedo. El sol pegaba fuerte y no pasaban muchos autos. A eso de las 11 del mediodía, escucho que Miguel me llama desde su puesto en el peaje (me olvidé de aclarar que él es el ambulanciero del puesto de peaje). Quería saber si había desayunado y si no me quería tomar unos mates con él. Como Miguel me había caído muy bien y el dedo no se mostraba muy prometedor, acepté. Parece que la charla que tuvimos minutos antes caló hondo en él.

 Me pregunta por mi vida en Córdoba y por mi relación con mi padre. Resulta que él también es padre y sufre mucho debido a los problemas con la adicción a las drogas del más chico de sus hijos. Siente que falló como padre y no sabe cómo derribar esa coraza que su hijo formó en torno a él, para mantener a todos alejados de su vulnerabilidad, incluido su padre.

 Creo que, en algún punto, vio en mí la posibilidad de alcanzar a entender qué podría estar pasándole a su hijo, o al menos, cómo comenzar a acercarse sin recaer en los mismos errores de siempre. Como si comprendiendo mi rebeldía pudiese comprender la de su hijo. Sin dudas, no existe un manual para ser buen padre, pero Miguel seguirá intentando escribir el suyo, a las patadas y como pueda, pero siempre teniendo presente el amor que siente por su hijo.

 Así pasaron 2 horas. Cuando le digo que ya era hora de seguir camino, Miguel me hace una propuesta que no puedo rechazar: «Mirá, Joel, no quisiera que te lo tomaras a mal, pero anoche cociné un guiso de pollo y sobró un montón. Yo ahora vuelvo a casa a almorzar, está mi suegro también allá. ¿Te puedo invitar a almorzar?». La persona generosa, muchas veces, no suele ser consciente de su generosidad. Miguel, en este caso, pensó que, tal vez, yo me podría llegar a ofender porque me ofrecieran comida, sin reparar en el hecho de que me estaba invitando a almorzar y a aplacar el hambre.

 Sin dudarlo le dije que sí, y así fue como terminé en su casa, comiendo una rica comida y un buen vino, mientras escuchaba la historia del suegro de cómo hacía pocos días había sorprendido a punta de revólver a una parejita de adolescentes que habían saltado la tapia y se habían metido a su patio para poder coger tranquilos, pensando que en la casa no habría nadie. «Tenían los pantalones por los tobillos, parecían pingüinos tratando de escaparse. No se van a olvidar más del susto jajajaja!».

El campo, el molino y las vacas curiosas.

 Ya devuelto en el peaje y definitivamente despedido de Miguel, me levanta y me acerca todo el trayecto hacia Maipú, uno de los personajes más desagradables que conocí en mi vida. Proveniente de no sé qué pueblito de Santa Fe, Roberto (llamémoslo así) había hecho sus primeras incursiones en el mundo laboral trabajando en frigoríficos. Como siempre tuvo fantasías de matón y aires de superioridad, de chico perfeccionó una técnica para dejar inconsciente a las personas mediante un golpe certero al mentón. Así fue como se hizo «respetar» entre sus compañeros de trabajo, dejando inconsciente a más de uno. Lo terminaron echando cuando, en medio de una discusión con otro compañero, optó por intentar degollarlo con un cuchillo de faena. Por suerte para el otro, el corte en la garganta apenas fue superficial.

 Sin otra opción, los patrones le pegaron una patada en el culo, con sus 19 años, motivo por el cual decidió irse a vivir a Buenos Aires. Aun sintiéndose mejor y más inteligente que los demás, rápidamente se abrió paso en el mundo de la trata de blancas. Al año, ya tenía 8 chicas a las que explotaba sexualmente y forzaba a trabajar «para él». A todo lo contaba exageradamente orgulloso y con la melancolía de quien recuerda «los buenos viejos tiempos». Recuerdo que me llamó poderosamente la atención el hecho de que tuviera la misma cara, ojos y voz que el «Mariscal» Roberto Perfumo. De no haber muerto ese mismo año, unos meses antes, bien hubiera creído que el Mariscal, antes de jugar en Racing, River y en la Selección, había laburado en un matadero y sido cafiolo.

Cara de paseo en bici por el campo.

La laguna Kakel Huincul, patrimonio de la gente de Maipú.

 

 «En Maipú no hay un carajo, Maipú es una mierda. Mejor seguimos y te llevo a Chascomús, que está mejor que esta mierda de pueblo». No estoy convencido, pero mi intuición me hacer creer que a Roberto, Maipú le parecía una mierda. Aún tengo algunas dudas. Le digo que no, que me bajo en Maipú, que ya planifiqué así mi viaje y que si tenía ganas, más adelante, iba a pasar por Chascomús (finalmente no pasé un carajo por Chascomús). Así fue como, ese mismísimo martes, llegué al bellísimo Maipú, donde me pasé los días siguientes paseando en bicicleta o vendiendo alfajores de maicena y pastafrolas con ella, o tomando mate y escuchando las payadas de Ramón, su papá. A Maipú, entonces, este homenaje.

¡Gracias, Maipú!

De la Garma

 De Ayacucho salí un martes rumbo a B.J. Era un día muy frío y ventoso, con una garúa que calaba finito y que volvía la visión de cristal. Los árboles se inclinaban haciendo frente a los embates del viento sur, que ya había volteado mi mochila unas 3 veces. Para colmo, unos tras otros optaban por ignorarme al pasar a mi lado en sus autos calefaccionados. Cuando la confianza comenzaba a cederle terreno a la puteada, frena un auto delante mío y hace marcha atrás. Era una señora de unos 60 y tantos. Me pregunta a dónde voy. «Voy a B.J.» le digo. «Bueno, dale, vamos. ¡Subí que hace frío!».

– «Vos sabés que yo no siempre levanto gente en la ruta. Viste que hoy en día está todo tan peligroso. Una nunca sabe a quién levanta, pero pasé y te vi cara de bueno. Aparte estás muerto de frío. ¡Mirá semejante mochila que traés! Me hacés acordar a Vero, mi hija. Ella también es como vos, le gusta agarrar la mochila y salir a viajar. Ella se hospeda mucho con una página de internet, se llama Couchsurfing, no sé si la conocés…»
– «¡Sí, cómo no! De hecho, ahora estoy yendo a B.J. y tengo hospedaje por Couchsurfing»
– «¡Ay, pero mirá qué coincidencia! Vero hace un tiempito estuvo viajando por Centroamérica con Nacho, su novio. Si llegás a pasar por La Plata seguro te reciben, les va a encantar conocerte. Yo no te digo de que pases por casa porque es un pueblito muy chiquito, tiene menos de 2 mil habitantes, te vas a aburrir…»
– «Nooo, al contrario. ¿Cómo se llama? ¡Dejame tu teléfono y después de B.J. te paso a vivistar
– «Ay, bueno, dale. Se llama De la Garma. Anotá: 15…»

El mural es en Ayacucho, pero no quise dejarlo afuera.

Este también. La Pantera Bowie. 1947-2016. Homenaje de un artista local.

 Si leyeron el post sobre «Martita y la violencia de género« recordarán que mi estadía en B.J. fue una cagada. Esa misma noche, le escribí a Perla, mi nueva amiga, contándole la situación y preguntándole si me podría recibir al otro día. «Por supuesto, sentite libre de venir cuando quieras». Al otro día, y tras perder 2 horas al haberme equivocado en la dirección en que hacía dedo (sí, fue la única vez que me pasó), llegué a De la Garma.

 Si Maipú me había parecido tranquilo, De la Garma llevaba el concepto de «tranquilidad» hacia otro nivel. Ahí conocí a la hermosa familia de Romina, la hija mayor de Perlita. Me trataron como si fuese un amigo de años de la familia, me cuidaron y ayudaron sin escatimar en absolutamente ningún recurso. Es por eso que yo viajo. De haber seguido un criterio «turístico», jamás habría pasado por De la Garma ni jamás hubiera conocido a esa familia. Agradezco no ser un viajero de selfies ni tener nada que demostrarle a nadie. Viajo porque me hace feliz y porque me recuerda todos los días quien soy, al conectarme con el lado humano y humilde de las personas. A Perlita y a la familia de Romi, les mando un abrazo enorme.

Gerardo, Perla, Romina y las nenas.

Azul

 Azul estaba marcado en mi mapa aun desde mucho antes de que se me cruzara por la cabeza realizar este viaje. De Azul es la Pocha, una de las novias que más quise y con quien compartí muchas cosas, entre ellas, la adopción de la Chancha. Siempre me hablaba de su pueblo y a mí me daba muchísima curiosidad conocer esa ciudad del interior de Buenos Aires con el nombre de un color. «Azul es el único pueblo que lleva el nombre de un color», me había sabido decir su padre, alguna vez. Finalmente, y dentro del marco de mi viaje, había llegado la oportunidad de conocerlo. La Pocha no estaría en el pueblo durante los días de mi visita, pero si estaría Mariana, mi ex-suegra, quien además me podría hospedar sin problemas.

El parque municipal de Azul.

 Como la superstición siempre me pareció una idiotez, hice oídos sordos a las palabras de algunas personas. «Mañana es martes 13, mejor no salgas a la ruta. Además, pronosticaron un temporal muy fuerte, ráfagas de viento de 100 kilómetros por hora». ¿Qué mejor manera de caer a lo de quien fuera tu suegra que en un martes 13 y en medio de un temporal? A mí, al menos, no se me ocurrió mejor manera.

 De Tandil hice dedo y me levantó un vendedor de chucherías. El tipo era de Lanús, zona sur del conurbano bonaerense y viaja por los pueblos vendiendo boludeces, cada vez que había fiesta regional o patronal. Nos pusimos a hablar de fútbol y me terminé bajando en Las Flores, mucho más lejos de lo que debía ir, pero ya sobre la Ruta Nacional 3, aquella que me llevara en un comienzo hacia Carmen de Patagones. Con el tránsito constante de la Ruta 3, no tuve que esperar más de 5 minutos hasta que un camionero me ofreciera acercarme hasta Azul.

Los naranjos, marca registrada de la ciudad.

 Fueron días muy lindos, donde aproveché para salir a caminar y recorrer cada vez que el clima lo permitió, o para salir a dar vueltas en el auto con Mariana a conocer los alrededores de la ciudad o compartir comidas y larguísimas charlas. Visitamos un monasterio de monjes trapenses en las afueras de la ciudad y trepé al cerro mirador, donde estuve a centímetros de ser picado por una víbora cascabel. Si no fuera por el llamado de atención previo que te hacen a picarte, tal vez ahora no la estaría contando, o tal vez, la estaría contando pero con una bella prótesis en mi pierna derecha.

Toro y pampa, diría Ricardo .

 ¿Tres particularidades que se me vienen a la cabeza cuando pienso en Azul? En primer lugar, los naranjos. Las veredas de Azul están minadas de árboles de naranja. Segundo, el imponente cementerio, obra del célebre (y bastante cuestionado) arquitecto Francisco Salamone (1897-1959), quien realizó obras a lo largo y ancho de la provincia en connivencia con el gobernador de facto Manuel Fresco, allá por el final de la década del ´30. Por último y no menos importante, en Azul probé uno de los mejores helados del mundo. Caro. Carísimo, pero qué delicia de helado. La heladería se llama «C´est ma Créme» y está en una esquina de Yrigoyen y Colón, sobre la plaza San Martin. Si van a Azul, no dejen de empeñar un riñón y probar semejante obra excelsa de la crema helada.

La entrada al cementerio. Imponente.

¿Querés saber cómo culmina mi recorrido por la provincia y por qué pueblos pasé? Atent@s a la próxima entrega.

CONTINUARÁ…

Joel Lousararian

¡Hola! Mi nombre es Joel, soy de Córdoba y hace poquito que pasé los 30. Mi curiosidad y mi amor por las culturas me trajeron hasta acá. Hace más de 4 años que viajo a dedo sin más compañía que mi querida mochila. Escribo lo que siento y fotografío lo que veo. Si consigo que reveas la posibilidad de retomar ese sueño abandonado por temor, entonces, todo esto ya habrá valido la pena. ¡Gracias por pasar y leer!

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1 respuesta

  1. Dino dice:

    Grandes crónicas amigo!!! Otra forma de conocer esta maravillosa provincia!!! Mirar desde otro lugar, mucho más intimista y pormenorizado. Me encanta!!! Abrazo de gol!!!

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