Carlitos y el río

¡Si no les gusta, que se jodan!

 Entre Ríos, noviembre de 2016. 38 grados a la sombra. Humedad del 95%. Las iguanas cruzaban la ruta en ojotas y colaless. Y yo, que no podía haber elegido día más propicio para hacer dedo, con mi mochila, al rayo del sol. De yapa, como no podía ser de otra manera, usando mi camperita gris (gastado, de tanto sol) para cubrir mis tatuajes. A pesar de ser ampliamente difundido en Sudamérica, el arte del tatuaje aun carga con la cruz del pesado estigma pandillero. Si el tatuado es algún conductor de televisión basura, «¡Qué bien que le queda y qué buen gusto al elegir sus diseños!». Ahora, si el que se tatúa recorre las rutas con una mochila al hombro sin molestar a nadie, de seguro será confundido con algún drogadicto, (ex) convicto o con un votante de Cambiemos.

Ver la foto me da calor. La Osprey, firme, a un costado de la Ruta 131.

 En la ruta también (a veces más que en la ciudad), los prejuicios están a la orden del día. Si descubro mis brazos, sufriré menos el calor pero la espera se hará eterna. Si los cubro, la espera será menor, aunque el calor se vuelva insoportable. Ese día, después de caminar unos cuantos y largos kilómetros con la mochila a cuestas, para poder salir de la ciudad de Crespo, en dirección a Diamante, decidí hacer una excepción: «¡Si no les gusta, que se jodan!» me dije, y decidí sacarme la campera y lucir tal cual soy.

 «Pasa que acá tienen doble moral», me explica Julio, mi chofer ad-honorem de turno, a bordo de su viejo Peugeot 504, al referirse a los habitantes de Libertador San Martin (también conocida como Puiggari), pueblo que cuenta con su propio hospital y universidad (ambos, evangelistas adventistas), con una población mayoritariamente alemana o descendiente de alemanes. Hasta ahí había conseguido llegar, saliendo de Crespo, pero la suerte me era esquiva y nadie quería levantar al extraño mochilero de 3 tonos de color de piel más oscura que ellos.

Hasta la ruta les quedo limpia y prolija a nuestros amigos adventistas.

 «Si sos de afuera te miran con desconfianza, son muy cerrados. Y si no sos de piel blanca, como yo, ni te cuento. Acá vengo a trabajar 3 veces a la semana. Al comienzo los saludaba, pero como nunca nadie me devolvió el saludo, dejé de hacerlo. Vengo, hago mi trabajo y me vuelvo a casa. ¡Para colmo, ando en esta cagada!«, maldice Julio, enojado, al tiempo que le da un puñetazo al viejo pasa-cassette en el tablero de su auto, que había hecho cortocircuito y se había apagado, dejándonos sin la entrañable cumbia de Leo Mattioli. «Todos mantienen las apariencias. Salen a caminar a la tardecita, con la ropita de gimnasia. Son todos ´gente de bien´, pero puertas adentro, pasa de todo. Acá hay mucha joda y falopa (droga). Como hay una universidad buena, vienen muchos extranjeros. Hace poco agarraron al hijo de un político brasilero con no sé cuánta droga encima. Supuestamente había venido a estudiar. Acá nos enteramos todos, pero en la tele no salió nada. El padre tiene contactos y puso plata para que no se supiera nada de lo que andaba haciendo el nene por Argentina…»

 A paso lento, pero seguro, llegamos a Diamante. Julio se despide de mí, intentando imitar la tonada cordobesa y así ponerle un moño a su intervención en mi camino, aunque falla miserablemente al terminar haciendo, lo que parece, el híbrido entre un paraguayo y un checoslovaco. Antes de irse, recuerda un factor por él olvidado pero de vital importancia en la zona: «Tomá, pibe, te lo regalo, lo vas a necesitar». Lo que Julio me estaba obsequiando no era nada más ni nada menos que un tarrito de repelente para mosquitos. «Acordate que acá nomás está el Río Paraná. Cuando empieza a bajar el sol, los bichos te comen vivo…« Los «bichos» a los que se refería Julio no eran sólo mosquitos, sino también jejenes, pequeños hijitos de puta cual mosquitas, mucho más voraces y agresivos que los mosquitos, aunque también más fáciles de matar. En Victoria, ciudad rodeada de humedales, ya había tenido mi bautismo con ellos. Las pequeñas pirañas aladas del Litoral.

Montando mi casa a orillas del Paraná

 Pasé, por lo menos, 2 horas apreciando la belleza del paisaje, aprovechando la panorámica que me ofrecía una de las tantas colinas que tiene Diamante. La provincia de Entre Ríos se caracteriza justamente por eso, por sus colinas (o cuchillas). Es llamativo cómo la fisonomía del terreno cambia drásticamente al pasar de Buenos Aires a Entre Ríos, cruzando el Paraná. La Pampa bonaerense, casi completamente plana, se convierte en una sucesión de bellas ondulaciones al cruzar a suelo entrerriano. 

Desde que lo conocí hasta el día de hoy, pocos lugares logran llamarme al silencio como el Río Paraná.

 Poco antes, al hacer mi ingreso al pueblo con Julio, había podido ver una especie de parador, con mesitas de camping y algunos asadores, a la vera del río. Parecía el lugar indicado, sólo restaba hablar con las personas y averiguar si era posible.

 «Hola, buenas tardes. ¿Sabe si acá se puede armar la carpa?», le pregunto a un hombre de mediana edad, que me miraba desde el dintel de la puerta de una casita, dentro del pequeño predio. A mi pregunta, él sólo respondió con otra: «¿De dónde sos?». «Soy de Córdoba, estoy viajando por Entre Ríos y llegué hace un ratito. Estoy buscando un lugar tranquilo para poder armar la carpa y dormir esta noche. ¿Sabe si acá se puede?». A esta altura del viaje, sabía yo que sacar a relucir mi gentilicio era una carta a mi favor. Ya sea por sus paisajes, sus bellos pueblos, su gente o su humor, Córdoba es un destino querido por muchísima gente, tanto dentro como fuera de Argentina (más adelante, en Uruguay, también podría comprobarlo).

 «Sí, gurí, no te hagás problema, podés armar la carpa tranquilo, que acá nadie te va a tocar nada. Yo soy el encargado del predio y a mí me respetan. Andá a armarla tranquilo y después venite que nos tomamos unos mates». Acto seguido, procede a indicarme la mejor sombra, debajo del árbol más grande, el cual quedaba a pocos metros del río. De pasar a no saber dónde dormir, a tener una ubicación privilegiada frente al río que más quiero y respeto, aquel que había sabido conocer casi 10 años antes, cuando con 2 amigas hicimos noche en Rosario, camino al show de Velvet Revolver y Aerosmith en Buenos Aires.

Le mando un saludo a mi (ex) jefe y a todos los alcahuetes de la gerencia.

 «Decime, gurí: ¿Vos sabés pescar?». Después del 4to o 5to mate, parecía que Carlitos se había convencido de que valía la pena tener mi amistad. Cuando le cuento que de chico solía ir a pescar al dique Los Molinos con mi papá, en Córdoba, pareció entusiasmarse, pero cuando le terminé de relatar la historia, un poco se le pasó. Resulta que yo nunca fui muy hábil para la pesca, al punto que terminaba siendo una carga para mi viejo, quien luego de algunos intentos, decidió dejar de llevarme con él, para no estropearle los planes. Así, a los 7 u 8 años, fue que se terminó prematuramente mi carrera como pescador.

 «Si querés, te puedo ayudar con la (caña) mojarrera a pescar carnada», le dije, intentando reivindicarme un poco. Para mi suerte, era eso lo que él necesitaba. Como mucha gente que vive de lo que pesca, el modo tradicional con caña quedó en la historia. Siendo un pescador experimentado que conoce cada palmo del río, Carlitos se limita a dejar algunas líneas con anzuelos, aferradas a unas bollas improvisadas con botellas de gaseosa, las cuales revisa cada 4 o 5 horas. ¿El motivo? Las pirañas. Y cuando me refiero a «pirañas», no sólo hablo de los voraces peces dentados que se comen las presas atrapadas en el anzuelo, sino también a otros «pescadores» de la competencia, quienes ya saben el horario en que Carlitos sale a controlar sus anzuelos y pasan una hora antes para robar el fruto de su trabajo. «Lo único que espero es no enterarme nunca quienes son, porque si los llego a agarrar… ¡Les abro la cabeza con este palo!». Y no dudo que así lo haría.

-“Che, Carlitos: ¿puedo remar?” -“No” -“Bueno…”

 A eso de las seis de la tarde, ya estábamos a bordo de su pequeño bote a remo, en dirección al punto donde abundan las «boguitas», carnada favorita del codiciado dorado, el rey del Paraná. Hacía 20 años que no tomaba una caña de pescar entre mis manos, aun así fuese una pequeña, como la mojarrera, que me habían facilitado para realizar mi tarea. Muchísimos recuerdos volvieron a mi mente, de la época en que mi viejo era mi héroe y compartir lo que fuera con él, era para mí la sensación suprema de todas. Acompañarlo en la pesca, estar a su lado mientras hacía sus trabajos de herrería o cebarle mates dulces mientras miraba la tele. Por un momento, ese botecito en Diamante, sobre las aguas del Paraná, parecía haberse trasladado a las aguas del embalse de Villa del Dique, en Córdoba, donde mi abuela tenía casa y donde también pasé muchas tardes acompañándolo. Lindos momentos de mi infancia que quedaron sepultados en la memoria, bajo décadas de diferencias de carácter, valores e ideológicas.

 Luego de colocar la nueva carnada en los anzuelos y de rescatar las pocas piezas que habían dejado las pirañas, anteriormente mencionadas, emprendimos el regreso al predio. Eran cerca de las siete de la tarde y el sol comenzaba a esconderse por el poniente, en dirección a Santa Fe. Si por algo recordaré siempre a Diamante, es por sus bellísimos atardeceres. Ah, y porque Julio tenía razón: los mosquitos y los jejenes son implacables a esa hora. Creo que ni con el traje amarillo de Walter White para cocinar droga me habría salvado de las picaduras de mis parasitarios archinémesis.

Diamante y sus atardeceres.

 Aparentemente gustaban mucho de la sangre nueva, ya que la nube de insectos se dirigió sin dudarlo en mi dirección, dejando a Carlitos absolutamente invicto, sin una sola roncha. Otro «Lado B» a incorporar al anecdotario del mochilero real, combatiendo esa falsa foto instagrámica del viajero de selfie, que sorpresivamente luce, en sus fotos, exageradamente feliz, siempre radiante y haciendo un viaje de película. ¡Pura basura! 

¿Interpretando al pescador?

 Era domingo, bien temprano. Mientras desayunábamos, luego de haber ido a revisar los anzuelos, Carlitos me invita a almorzar con ellos. «Voy a hacer pescado frito, van a venir unos familiares. Comemos, nos tomamos unas cervezas y después volvemos a pescar». Freídos en aceite de pescado, Carlitos se lució con sus ya clásicos sábalo y dorado con limón y ajo. Para beber, cerveza, y de postre, más cerveza. Después de la sexta, Carlitos ya estaba de mal humor y no hablaba con nadie, apenas si contestaba con un gruñido o un bufido a las preguntas de su sobrino. Después de la octava, desapareció y nadie sabía dónde se había metido, hasta que la nuera lo encontró en paños menores, roncando boca abajo, debajo del ventilador de techo del living. «¡Selfie con Carlos!», gritó alguien, y todos fueron a fotografiarse con el desfallecido cuerpo intoxicado con cerveza del hábil cocinero.

Carlos en plena faena.

Un aplauso para el freidor. 10 puntos.

 Con Carlitos fuera de combate y con 65° de térmica dentro de la carpa, no había mucho más para hacer que sentarme bajo alguna sombra a decantar ideas y pensamientos. Carlitos me había invitado a su cumpleaños, a festejarse el mes siguiente. Ya para esa altura tendría que estar terminando de recorrer la provincia, previo a encontrarme en Rosario con mi amiga Tamara, gallega (de Galicia) que conocí en Mar del Plata, para subir juntos hasta el norte y dejar allí las cenizas de la Chancha. Los tiempos no me iban a dar, pero me habría gustado poder pasar a saludar a Carlitos. «¿Cuántos años me dijo que cumplía? ¿55? ¡No puede ser, si me dijo que tiene un hijo de 44 años! A menos que…». Carlitos, pequeño diablillo, pensar que a los 10 u 11 años, yo andaba jugando con las figuritas de Pokémon…

 Al recordar esos días en Diamante, en retrospectiva, algo llama poderosamente mi atención. Sin darme cuenta y sin que (creo) él lo buscara, con Carlitos se entabló una especie de relación temporal, del tipo «padre e hijo». Fue muy evidente su intento de acercarse a mí desde un lado paternal, aunque siempre terminó fracasando. Me invitaba a salir a pescar con él, para luego no dirigirme la palabra y casi ignorarme, durante horas. Por las mañanas o por la tarde, siempre aparecía por donde yo gustaba de leer un libro, para acercarme un mate y el termo, para acto seguido, volver a desaparecer, como si lo hubiera ofendido de alguna manera. Por las noches, se encerraba en su casa y no salía para nada. Yo, por mi parte y sin más que hacer, terminaba refugiándome de los mosquitos, dentro de mi carpa.

 El afecto de Carlitos iba y venía, en una intermitencia que me recordaba a la de las lucecitas navideñas, que en poco tiempo comenzarían a adornar las casas entrerrianas. Del afecto, el cariño y la preocupación, pasaba a la más absoluta indiferencia y casi que a la mala educación, para luego volver a ser un hombre generoso y considerado conmigo. Claramente proyectaba algo en mí que lo enternecía y, al mismo tiempo, le generaba un rechazo rotundo.

Mezcla de fox terrier con carpincho, el perro de Carlitos.

Uno de los tantos mates que Carlitos me acercó, previo a desaparecer molesto, como solía hacer.

Cuando él decidía «bajar la persiana» y no hablar de nada, su hermetismo era tal, que se necesitaba de mucho tacto y de un trabajo casi-quirúrgico para conseguir sacarle algo, a cuentagotas. Pude saber que la relación con su hijo no era de las mejores. Tal vez odie a ese otro niño que vino al mundo a arrebatar su propia niñez, y al mismo tiempo, se sienta culpable por no haber podido ser un padre de verdad para él, sino más bien, un hermano mayor. ¿Querría Carlitos una segunda oportunidad? ¿Estaría a tiempo de poder acercarse y recomponer lo que ya salió roto de fábrica? Justamente, y sin darme cuenta, pasé a ser el eslabón necesario dentro de ese ciclo que aun sigue inconcluso, abierto, esperando por el reencuentro de esos dos niños devenidos en hombres, que no supieron cómo cumplir sus roles en la vida, que terminó por exigirles lo que no estaban en condiciones de dar.

Buenas Rutas recomienda Lonely Planet para encender el fuego del asado dominguero

 Poco a poco, el camino se iba abriendo solo y comenzaba a mostrarme el tipo de viaje que realmente estaba buscando. Pasar por ciudades medianas y grandes era divertido, y llegar a cada nuevo lugar con hospedaje confirmado por Couchsurfing era cómodo y agradable. Pero la realidad era que había salido de Buenos Aires en búsqueda de desafíos, de experiencias que llenaran mi vida de adrenalina y algo de sana incertidumbre.

Haber llegado sin conocer a nadie en Diamante y con la certeza de saber que no tenía idea de dónde dormiría, me habían obligado a interactuar el doble con los locales, preguntando por lugares donde poder acampar, hasta terminar dando con un pescador local, quien me invitó a compartir su rutina y costumbres con él y su familia. Eso no tiene precio, y es justamente por lo que viajo. No quiero que me cuenten cómo vive el pueblo, quiero verlo con mis propios ojos, quiero probar su comida con mi propia boca y escuchar sus penas y alegrías con mis propios oídos. ¿Cómo podría considerarme un viajero si no supiera quitar el velo de márketing que el mercado puso sobre nuestras propias culturas?. Ni Diamante ni Carlitos se habrían cruzado en mi camino, si al mismo lo hubiera trazado Lonely Planet bajo el brazo.

No quería dejar de recordar a “la Rubia”, perrita amiga que me acompañó todo el camino hasta la salida de Diamante, rumbo a Paraná.

Joel Lousararian

¡Hola! Mi nombre es Joel, soy de Córdoba y hace poquito que pasé los 30. Mi curiosidad y mi amor por las culturas me trajeron hasta acá. Hace más de 4 años que viajo a dedo sin más compañía que mi querida mochila. Escribo lo que siento y fotografío lo que veo. Si consigo que reveas la posibilidad de retomar ese sueño abandonado por temor, entonces, todo esto ya habrá valido la pena. ¡Gracias por pasar y leer!

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