Cuando la traición sale cara: la muerte del General Urquiza

Algo sabía, pero tampoco tanto…

 Entre Ríos me venía sorprendiendo, cada día más. Al recorrerlo tan lentamente, pude percatarme de lo poco que realmente conocía la provincia y su gente. Sabía que tomaban mate, pero tampoco tanto. Sabía que tenían una tonada «parecida a la uruguaya», pero tampoco tanto. Sabía que eran personas cálidas, pero tampoco tanto. Sabía que hacer dedo en sus rutas era difícil, pero tampoco tanto. ¿Qué más NO sabía de Entre Ríos? Bueno, entre otras cosas, que el entrerriano más famoso había sido el responsable de condenar al olvido a las provincias del interior del país. ¿Tan así? Parece que sí.

Busto de Urquiza, en la entrada del Palacio San José.

 Todo comenzó la última mañana de mi estadía en el Polideportivo Municipal de la ciudad de Nogoyá. Allí había llegado 5 días antes, pidiendo permiso para poder acampar bajo la sombra de algún árbol. En respuesta a mi pedido, recibí una negativa. En cambio, me ofrecieron una habitación con baño privado para mí solo. Pasaría de la nada misma, a enfrentarme a una sucesión de asados, cervezas, mates y muchísimas conversaciones «en joda». El humor, me enteraría después, era la mejor medicina que tenían los empleados del lugar, para hacerle frente a las miserables condiciones en que trabajaban. ¿72 horas a la semana por $1800 (menos de U$S 150 al mes)? Imposible vivir así. Imposible también, imaginarse un salario tan miserable en Buenos Aires. ¿Pero por qué estas injusticias son más comunes en las provincias que en la capital? En la sucesión de mates, aquella mañana, comenzaría a entenderlo, un poco mejor:

 -«Che, ¿Qué onda con Urquiza? Es muy querido acá en Entre Ríos, ¿No es cierto? ¿Les dio muchas cosas?». Formulé esta pregunta en base a lo poquito que sabía sobre este importante personaje histórico. Según lo que había estudiado, Urquiza había sido una figura muy progresista en el ámbito político local y nacional. Había sabido administrar con gran eficiencia los negocios, tanto personales como del Estado. Fue gobernador de la provincia durante 28 años y, además, sería el primer presidente constitucional del país, en años de la ya extinta Confederación Argentina. Mejoró caminos, fundó escuelas, diarios y bibliotecas. Supo ser abanderado del movimiento federal, que luchaba contra el centralismo y tiranismo de Buenos Aires, dueña del puerto y del destino de las economías de las empobrecidas provincias del interior. ¿Era todo esto verdad?

 -«Sí, qué sé yo. Más o menos, tampoco tanto. El tipo fue bastante hijo de puta y acá siempre se habló del trato que le daba a los soldados y a sus mujeres. Se acostaba con las esposas de los soldados, y si se quejaban, los mandaba a fusilar. Se llenó de plata con la política. Acá cerca, yendo para Concepción, tenía una mansión, que fue donde lo mataron…»

Patio de Honor del Palacio de Urquiza.

El peligroso currículum del General

 Parece que tocaría investigar un poquito, ya que desconocía este lado «flojo de papeles«, del mencionado General. Resulta que Justo José de Urquiza no era un tipo de muchos códigos. En más de una ocasión, había ordenado ejecutar enemigos, ya rendidos, como lo hizo durante la célebre batalla de Caseros, en 1852, en la cual consigue derrotar y derrocar a Rosas, luego de 23 años de gobierno al frente de Buenos Aires. Allí, mandó a colgar de los árboles de los bosques de Palermo a un regimiento entero, de prisioneros cautivos. Además, era célebre su apetito y voracidad sexual. Aparte de sus 11 hijos, nacidos del matrimonio que tuvo con Dolores Costa, deben sumársele 12 más, extramatrimoniales, lo que suma un total de 23 hijos reconocidos (a la fuerza). Denuncias realizadas en la época, aseguran que Jota Jota habría tenido más de 100 hijos en total, la gran mayoría de ellos, como se mencionó antes, con las esposas de sus soldados.

El General se sometió a todo tipo de placer carnal habido y por haber, pero nunca descuidó las apariencias…

 ¿Así que Urquiza había sido un villano? ¿Cómo fue, entonces, que muchas de sus fechorías quedaron en segundo plano? ¿Qué más no sabía de él? Con Rosas fuera de la escena política y con las tropas federales en su mejor momento, era la ocasión de reclamar lo que era justo y darle el golpe final al centralismo porteño. ¿Qué hizo Urquiza, estando a las puertas de la victoria, en la batalla de Pavón, la decisiva y más importante de todas? Bajo el pretexto de «evitar un regadero de sangre» (así es, el general al que no le temblaba el pulso a la hora de mandar a ejecutar a pelotones enteros), en un acto dudoso, se retira del campo de batalla, dejándole la victoria servida en bandeja a Mitre, entregando para siempre a las provincias y condenándolas a continuar bajo el salvaje yugo de Buenos Aires.

 Como si fuera poco, intervino a favor del Imperio de Brasil en las invasiones al Uruguay (lo que resultaría con enormes pérdidas territoriales, que los uruguayos lamentan hasta el día de hoy) y apoyaría, luego, las campañas de invasión y exterminio en el Paraguay, en lo que sería uno de los peores fratricidios jamás vistos en este continente, genocidio orquestado desde Buenos Aires y Río de Janeiro, que recibió escaso apoyo por parte de las provincias del interior.

Archivo de la Biblioteca Nacional del Uruguay, de lo que, presumiblemente serían, tropas uruguayas en la guerra de «la triple infamia».

 Entonces: ¿Cómo no visitar el lugar de la ejecución del tirano? En épocas donde quienes nos abusan cuentan con blindaje mediático y el pueblo elige la pasividad y el entretenimiento como alternativas a la realidad: ¿Por qué no recordar aquella vez en que, al menos, uno de los malos vivió en carne propia todo el daño que causó? Estaba en Nogoyá y tenía que ir a Concepción del Uruguay. El Palacio San José, hogar de Urquiza, quedaba de paso, yendo por la Ruta 12 y empalmando con la 39. No había tiempo que perder, pero antes, mejor me comía un choripán.

A la salida de Nogoyá, a metros de la Ruta 12: El Maldito Choripán.

Bienvenido a Concepción del Uruguay

 Maite me había recibido como un rey y me había llevado a conocer la bellísima playa de Concepción del Uruguay. De refuerzos, había traído facturas, tortas fritas y galletitas. El día había acompañado, lo que también quería decir que los mosquitos estarían bravísimos. Entre Ríos me obligaría, a la fuerza, a hacer las paces con los inofensivos (por contraste) mosquitos cordobeses.

Horas después, compartiendo un vino, le preguntaría por la distancia a la que estábamos del palacio de Urquiza. Camino a Concepción del Uruguay, había pasado por el desvío señalizado, que conducía hasta la mansión. «No es mucho, serán 30 kilómetros. ¿Te animás a ir en bici? ¡Te presto la mía!«. ¿Por qué no? El plan ya estaba armado, ahora, sólo tenía que esperar que mis piernas se aguantaran las empinadas subidas y bajadas que dominan el territorio entrerriano.

Postal de la bella playa de Concepción del Uruguay.

Los últimos momentos de Urquiza

 Para eso del mediodía del día siguiente, hacía mi ingreso al Palacio San José. Construido por arquitectos y artesanos italianos, es el fiel reflejo del espíritu de su finado dueño. Con la ostentación como bandera, construyó un palacio en un terreno de 20 hectáreas, con 38 habitaciones, 2 plantas y un lago artificial en el fondo, de 20.000 m², al cual gustaba de navegar en un barco mandado a construir especialmente para él, en Europa. Como frutillita del postre, la casa contaba con servicio de agua corriente, tecnología inédita para la época, en nuestro país.

Urquiza no se andaba con «chiquitas»: mandó a hacer un lago en el patio de la casa.

 Pero pasemos a lo que nos incumbe, los momentos finales del General. Como buen entrerriano, aquella tarde, Justo José de Urquiza se encontraba tomando mate. Fue un 11 de abril de 1870. A continuación, reproduzco, textualmente, la declaración del coronel Anderson, jefe de la Guardia del Palacio y testigo presencial de los últimos momentos de vida de Urquiza:

 …»yo estaba de guardia y mi hermano, que era el otro ayudante, estaba en cama, razón por la cual me encontraba en su cuarto, acompañándole…
… Serían entre las siete y cuarto y siete y veinte de la noche, cuando sentí que don Justo – que estaba, como era su costumbre, tomando el té (mate) bajo la galería, casi en la entrada del patio – le preguntaba al hombre de servicio:
¿Qué ruido es ese?
– ¿Parece un tropel de gente, señor?
– ¡Ah! ¡Ah!… ¡Eso es! Ha de ser una comisión que debe llegar de Nogoyá. Y luego, nomás, como el tropel siguiera y no se detuviese donde estaba ordenado se detuvieran las comisiones, agregó – ya gritando – ¡Son asesinos, cierre la puerta del pasillo!

La cocina del Palacio, donde las sirvientas cocinaban el plato favorito del General: milanesas a caballo.

(continúa el relato)Y lo oí que corría para la sala costurera de la señora, que quedaba casi en la esquina del patio y se comunicaba con la torre del Palacio por medio de otro cuartito, donde estaba la escalera, que era de fierro y de esas llamadas ´de caracol´. En la torre había armas, y si el General sube, se salva, pero no perdió su genio, pues como encontró un riflecito a mano, volvió al patio corriendo. En eso, los asaltantes, que eran cinco nomás – pues aunque entraron al Palacio ciento cuatro, los otros enderezaron a la guardia a asegurar las entradas que desembocaban en el patio y al verlos les gritó ´no se mata así a un hombre entre su casa, canallas´ y le disparó un tiro: la bala le pasó rozando el bigote a un cordobés Álvarez y fue a quebrarle el hombro al negro Luna, otro de los que venían.

Vista del cuarto matrimonial, lugar donde el General gustaba de ejecutar su maniobra favorita: «el salto del tigre».

Álvarez, entonces, le tiró con un revólver y le pegó al lado de la boca – era herido mortal, sin vuelta. El General cayó en el vano de la puerta y en esa posición Nico Coronel le pegó dos puñaladas y tres el coronel Luengo – único que venía de militar, y que lo alcanzó cuando ya la señora Dolores y Lola, la hija, tomaban el cuerpo y lo entraban a la pieza, en la cual se encerraron con él, yendo a recostarlo en la cama del frente, donde se conserva hasta ahora la mancha de sangre en las baldosas»…

Habitación de las visitas. Aquí se hospedó Domingo F. Sarmiento, presidente de la República, durante su estancia en casa del General. Lo que se ve en el cajón inferior izquierdo, es el inodoro, donde Sarmiento se despachó con una caca de antología, según supo trascender.

El salón principal y su fino piano de cola, donde Lola, la hija de Urquiza, gustaba de tomar sus clases de música.

 López Jordán, General entrerriano, fue quien orquestó la toma de la casa de su ex-superior y compañero en filas federales. Conformó un nutrido y diverso grupo, compuesto en su totalidad por milicianos del interior del país, quienes habían sufrido en carne propia la barbarie de las tropas de Buenos Aires, y que veían en Urquiza a uno de los responsables de todas sus miserias y dolor.

«En esta habitación fue asesinado por López Jordan mi malogrado esposo, el Capitán General Justo José de Urquiza, a la edad de 69 años, el día 11 de abril de 1870, a las siete y media de la noche. Su amante esposa le dedica este pequeño recuerdo»

 Aparentemente, la idea de López Jordán no habría sido la de asesinar a Urquiza, sino la de detenerlo para, posteriormente, juzgarlo. A Urquiza lo mató el pueblo que él mismo traicionó. Habrá quienes lo llamarán karma, otros lo llamarán barbarie. Yo prefiero llamarlo «con el pueblo no se jode». Así como le sucedería a Benito Mussolini, 75 años después, las víctimas del tirano, terminarían convirtiéndose en sus propios victimarios. Justas paradojas que nos ofrece la historia, muchas veces, tan bárbaras como necesarias.

Joel Lousararian

¡Hola! Mi nombre es Joel, soy de Córdoba y hace poquito que pasé los 30. Mi curiosidad y mi amor por las culturas me trajeron hasta acá. Hace más de 4 años que viajo a dedo sin más compañía que mi querida mochila. Escribo lo que siento y fotografío lo que veo. Si consigo que reveas la posibilidad de retomar ese sueño abandonado por temor, entonces, todo esto ya habrá valido la pena. ¡Gracias por pasar y leer!

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