Historias Anónimas – Del cielo al infierno, por un beso

A la hora indicada, y con una precisión ridículamente inglesa, partimos. El tren se mecía lentamente, mientras yo intentaba acomodar mi mochila junto al asiento, sin éxito. La lluvia y el frío empañaban la ventanilla, escondiendo el misterioso paisaje de mis ojos curiosos. «Bueno, de Liverpool a Manchester hay tan sólo 40 kilómetros, no creo estarme perdiendo demasiado», me dije a mí mismo, a modo de consuelo. «¿Y cómo será Manchester, me preguntaba. «Si llega a ser la mitad de bonita que Liverpool, estoy satisfecho». Esa última pregunta me había hecho dar cuenta de que, en realidad, no sabía tanto de Manchester: sabía que en tiempos pasados, había sido un importante centro industrial (junto con Birmingham), conocía sus equipos de fútbol, a los hermanos Gallagher y a aquella particular abejita con que siempre se representa a la ciudad. Preguntando (luego), me enteraría que para los «mancunians» (gentilicio y dialecto de la gente de la ciudad y alrededores) representaba el espíritu obrero que históricamente los caracterizó.

La abejita obrera de los mancunians

Poco más sabía de ésta, la tercera ciudad más poblada de Inglaterra. Intenté acomodarme en mi asiento, pero sentía frío. Esa media hora caminando hasta la estación de Lime Street, en Liverpool, me había expuesto a una garúa lo suficientemente finita como para no querer detener la marcha, quitarme la mochila y ponerme el impermeable; pero lo suficientemente consistente como para penetrar hasta mi camiseta. Me acurruqué en el asiento, me puse los auriculares y cerré los ojos. Comenzó a sonar Vuelos y me dormí. Una hora más tarde, el movimiento de la gente me avisó que estábamos en Piccadilly. Habíamos llegado.

Vuelos, de la Bersuit

La ciudad me recibió con más lluvia y frío. La gente en la terminal caminaba apresurada, esquivándose los unos a los otros con una destreza sólo comparable al de las aves en vuelo, que sin importar el número, jamás llegan a chocarse entre sí. Me senté en un banquito, a un costado, para escribirle a Khalid, un amigo de un amigo que se había ofrecido a hospedarme en la ciudad. Mucho no sabía de él, sólo que era de Bangladesh y además, buena persona. Pensativo, miraba el techo, hasta que un perro de gran porte, aparecido de la nada, distrajo mi atención al acercarse para olfatear mi mochila. Víctima reincidente, ya me habían meado la mochila 2 veces en lo que iba del viaje, por lo que sobre mi tumba habría una tercera. A la patadita disuasiva en el aire la acompañé con un «¡juira!», aquél célebre ultimátum criollo tan efectivo entre los perros hispanoparlantes. Ante la total indiferencia del can, una segunda inspección me permitió comprobar que de su collar se prolongaba una correa negra, la cual estaba sujeta en su otro extremo por la mano de un hombre con uniforme, con la palabra POLICE escrita en la espalda. Ups!

Fueron 2 segundos de contacto visual, donde ambos nos sostuvimos la mirada. ¿Qué iba a saber yo que este perro estaba bien intencionado? En fin, al no detectar ningún tipo de sustancia prohibida, el perro simplemente perdió el interés y se apartó. «Have a nice day, sir», espetó el oficial antes de retirarse. Lo que sabría más adelante es que la policía habría recibido una alerta sobre un posible atentado en Piccadilly, por lo que este moreno servidor, de cejas pobladas y mochila voluminosa bien pudo haber encajado con el perfil de «loco tirabomba» tan arraigado en el inconsciente popular occidental.

Manchester, al otro día, con un sol radiante.

Mi anfitrión vivía a 4 kilómetros de la terminal. A pie, eso representa una hora caminando, más o menos. Acostumbrado estoy a las largas caminatas con peso, pero el drama radicaba en aquella lluvia, que caía sin parar. Caminé media hora hasta que el temporal me dijo «hasta acá, chango». Refugiado bajo el toldo de la entrada de un hotel, le escribí a Khalid. 15 minutos después, veo frenar un viejo Peugeot color azul injusticia, pegando un bocinazo y abriendo la puerta del acompañante. Era Khalid, al rescate.

Khalid era un hombre de unos cuarenta y pocos, muy educado y de una energía muy agradable; tranquila. No parecía ser de esas personas que gustan de llevarse el mundo (y a las personas) por delante, todo lo contrario. Poseía ese tipo de sensibilidad que sólo tienen aquellos que sufrieron mucho en el pasado y que cargan aun con el peso de aquél dolor. Hablaba lo justo y necesario, aunque siempre me quedaba la impresión de que quería decir más, pero no se atrevía ¿Miedo al rechazo, quizás?

siempre me quedaba la impresión de que quería decir más, pero no se atrevía.

Al cabo de un rato, Khalid y yo estábamos sentados en la sala, tomando el té y probando algunos dulces típicos de su país. Él se mostraba muy entusiasmado con mi presencia. Al parecer, un viaje al sudeste asiático ocurrido hace algunos años, le había dejado una marca imborrable y le había enseñado un nuevo mundo de posibilidades, lejos de la monotonía de su oficina en la ciudad. Tal vez haya visto en mí y en mi historia una buena excusa para reconectar con aquellos recuerdos y reflotar la fantasía de renunciar en la cara de su jefe. Pero, ¿qué lo estaba deteniendo? ¿Qué lo aferraba a Manchester? ¿Era su familia, algún amor o el miedo a dejar lo conocido para adentrarse en lo incierto? Un manto de culpa parecía entristecer su mirada. Cuando lo consideré oportuno, se lo pregunté.

—¿Hay algo que te esté reteniendo en Manchester? —le pregunté.
Ufff… buena pregunta, es una larga historia. Nosotros somos una familia numerosa. Mis padres llegaron desde la India (antes de la partición). Se instalaron en Sheffield con mis dos hermanos mayores. Yo soy el menor de 6 hermanos. Mis padres vinieron buscando mejorar la situación económica, pero nunca más pudieron regresar. Al poco tiempo, los ingleses decidieron dividir al país entre hinduístas y musulmanes, separando a Paquistán de la India, y luego, a Bangladesh de Paquistán. Nuestra casa y nuestra tierra quedaron del lado paquistaní y se perdieron para siempre. Eso afectó mucho a mamá, que nunca se pudo adaptar a la vida en Inglaterra. Para colmo, mi padre era muy autoritario y siempre se ensañó con mamá y conmigo. Yo sospechaba que la golpeaba, porque de tanto en tanto le encontraba marcas y moretones en el cuerpo, pero ella decía que no, que se los había hecho sola. Cuando de grande se enfermó y le diagnosticaron demencia senil, lo pude confirmar: con frecuencia se escapaba de la casa y deambulaba por las calles, perdida. Cuando finalmente la encontrábamos, caminando en bata por ahí, desorientada, siempre pedía auxilio. A mí no me reconocía, pero se sentía segura conmigo. «En casa hay un hombre malo que me pega», decía. «No quiero volver más». —Khalid interrumpe su relato, emocionado, para retomar—. Hace un año que mamá falleció. Murió a mi lado, mientras sostenía su mano. Ninguno de mis hermanos estuvo con ella en sus momentos finales, sólo recién cuando hubo que preparar la herencia. ¡Jamás los voy a perdonar por lo que hicieron!

Su madre era tan importante para él, que comenzó a desarrollar una especie de devoción culposa hacia su figura, como si sintiera que de alguna manera él hubiera tenido que ver, tanto con su muerte como con su vida desdichada. Desde su fallecimiento, no hubo un sólo día en que no haya ido al cementerio a dejarle flores a su madre. Cansado de su realidad, de sus sueños truncados y de su soledad, Khalid anhelaba irse de Manchester para no volver jamás, pero por más que lo deseara, había algo más fuerte que lo retenía: el dolor de sentir que abandonaba a su madre. «Yo sé que lo te digo no tiene mucho sentido, pero yo lo siento así. Si yo no la voy a visitar, ¿quién lo va a hacer, sino? Me tortura la idea de que quede en el olvido».

Khalid anhelaba irse de Manchester para no volver jamás, pero por más que lo deseara, había algo más fuerte que lo retenía: el dolor de sentir que abandonaba a su madre.

Esa noche salimos a caminar por la ciudad y comimos comida tailandesa, al paso. Conocí (por fuera, claro) las oficinas de la BBC Manchester y tuvimos un momento para hablar de ideologías políticas. «El sionismo es una mierda», concluyó. Al día siguiente, fuimos a Marple Locks, ese maravillosa obra de ingeniería a las afueras de la ciudad, que extiende un canal artificial que corre paralelo al río Goyt, permitiendo la navegación de pequeñas embarcaciones, controlada por 16 compuertas que regulan el paso y el nivel del agua. Caminamos por horas, la temperatura estaba agradable pero Khalid estaba muy pensativo, como si estuviera madurando una idea o meditando sobre algo que lo preocupaba. Cuando nos sentamos en unas piedras para comer una fruta, despejó las dudas que aun me quedaban al respecto: «Soy gay», —se confesó—. «Soy gay desde chiquito».

El canal de Marple Locks en una linda tarde de verano.

«Recuerdo que tendría unos 9 años. En el barrio tenía algunos amigos, todos más o menos de mi edad. Una tarde, estaba jugando con otros dos niños, un chico y una chica. Ellos eran novios (risas). En un momento, ella se volvió para su casa y me quedé jugando solo con él. No recuerdo bien cómo fue que pasó, pero sí recuerdo que empezamos a jugar cada vez más apretados, hasta que él me besó. Yo me quedé paralizado, sentí que me acababan de formatear la vida. Mis piernas temblaban y tuve que sentarme. El chico, claro, se rió de mí y se fue a su casa, supongo. Esa tarde volví pálido a mi casa y me fui a dormir directamente. Por la noche soñé con él y al día siguiente, me desperté muy confundido y bañado en sudor, aunque ya entendía todo un poco mejor. Por un lado, sabía que estaba mal besar a un chico, pero por el otro, ese beso me había gustado y quería más. No entendía bien cómo era la dinámica. Esa semana no lo pude ver, a pesar de que frecuentaba el descampado donde jugábamos. Y cuando más entusiasmado estaba con verlo de nuevo y repetir el juego, pasó algo que me cambió la vida para siempre…»

Por un lado, sabía que estaba mal besar a un chico, pero por el otro, ese beso me había gustado y quería más.

«Eran los años ´80 y ya se comenzaba a hablar del SIDA. En ese entonces, se la conocía como “la fiebre rosa”, porque aparentemente se la contagiaban exclusivamente los homosexuales. Un día, en la televisión, pasaron una publicidad de concientización y prevención contra el SIDA. Como yo no entendía de qué iba la cosa, le pregunté a mi hermana mayor. Ella, intentando explicárselo a un niño pequeño de una forma simple y accesible, sólo se limitó a decirme que era una enfermedad letal que sólo afectaba a los hombres que se besaban entre ellos, que no tenía nada de qué preocuparme porque yo no hacía esas cosas. ¿Nada de qué preocuparme? ¡Pero si yo acababa de besarme con otro hombre! No podía creerlo, ¡tenía una sentencia de muerte a los 9 años, por aquél beso! Sentí miedo, angustia, vergüenza y mucho dolor. No sólo sabía que iba a hacer sufrir a mi familia (especialmente a mis padres), sino también iba a causarles una profunda vergüenza. En ese momento, decidí llevarme ese secreto a la tumba: ¡mi familia no podía enterarse de ello jamás!»

Siendo un poco mayor que estos niños, la vida de Khalid cambiaría para siempre.

«Los años pasaron, entré en la pubertad y todo fue peor. Jamás me toqué pensando en una mujer. Me masturbaba pensando en mis amigos de la escuela y luego me sentía terrible. Alguna que otra vez tuve una noviecita, pero duraban poco y nada. La culpa me desgarraba por dentro y el miedo me recluía cada vez más. Imaginate que hasta los 18 años viví con la certeza de que tenía SIDA y que en cualquier momento iba a morirme, por besar los labios de otro chico… ¡10 años atrás! Claro, como educación sexual no tuvimos, mi cabeza sola eligió el peor escenario de todos: muerte, vergüenza, culpa.»

—¿Vos sos el único de los 6 hermanos que nunca fue padre?
Mamá siempre me pidió un nieto, yo le decía que esperara, que ya iba a llegar la mujer correcta ¿Qué carajo le iba a decir? ¿Que era maricón? La hubiera destrozado. Supongo que todos debían imaginarlo, ya que sólo me conocieron una novia que duró medio año, allá por mis 20 años…

Como si esto fuera poco, Khalid no sólo tenía que cargar con el peso de la culpa de haber “defraudado” a su madre, sino también a su Dios. «Saber que al morir voy a irme al infierno me llena de tristeza». Camino a casa, volvíamos en su auto. Abro la guantera para pasarle los lentes que me pidió y ¡PUM!, el Corán. Lo tomo en mis manos, lo hojeo. Es hermoso. Siempre sentí una fascinación muy especial por el detalle y el amor con que la cultura árabe se esmera en los detalles, ya sea en su caligrafía, en sus dibujos o en su arquitectura. «Te oí rezar en la casa», —le dije— ¿Por qué creés que un Dios justo y lleno de amor te condenaría a sufrir eternamente sólo por amar a otra persona, siendo que siempre hiciste el bien y fuiste generoso con los demás?

En mi cabeza de agnóstico que intenta razonar como religioso, mi argumento era más que fuerte, pero no para Khalid y el Islam. «Lamentablemente, Allah y el profeta consideran a la homosexualidad como un pecado imperdonable. Está clarísimo, no hay duda al respecto. Pase lo que pase, haga lo que haga, ya estoy condenado». Mientras lo decía, pude notar cómo las lagrimas se escapaban de sus lentes, en vertical caída hacia su barba. Su angustia era real, y sin duda había algo más allá de mi entendimiento que escapaba a mi lógica y que jugaba en su contra, por lo que decidí no insistir (por respeto) y sólo me limité a responderle un «te entiendo».

Lamentablemente, Allah y el profeta consideran a la homosexualidad como un pecado imperdonable. Está clarísimo, no hay duda al respecto. Pase lo que pase, haga lo que haga, ya estoy condenado

Antes de despedirnos, Khalid me regaló una bella kufiyya, el famoso «pañuelo palestino». «Muchas gracias por escucharme con respeto y mostrarme nuevas posibilidades. Creo que todavía hay esperanzas para mí», me dijo luego del abrazo. Si tan sólo supiera que el agradecido soy yo. Su historia caló hondo en mi corazón y me ayuda a entender un poco mejor este mundo de mierda en el que vivimos, donde las personas buenas se tienen que esconder para quererse, mientras que los peores hijos de puta matan y roban impunemente, a plena luz del día.

*Historias Anónimas es una sección que nace del pedido de amigos que, al escuchar algunas de mis historias recolectadas por el camino, insistieron para que las publicara y reprodujera en el blog. Con el fin de proteger la identidad de los protagonistas, sus nombres fueron modificados. Los lugares, dependiendo de si son condicionantes o no para el anonimato de los protagonistas, se mantendrán, modificarán u omitirán, dependiendo el caso.

Joel Lousararian

¡Hola! Mi nombre es Joel, soy de Córdoba y hace poquito que pasé los 30. Mi curiosidad y mi amor por las culturas me trajeron hasta acá. Hace más de 4 años que viajo a dedo sin más compañía que mi querida mochila. Escribo lo que siento y fotografío lo que veo. Si consigo que reveas la posibilidad de retomar ese sueño abandonado por temor, entonces, todo esto ya habrá valido la pena. ¡Gracias por pasar y leer!

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