Historias Anónimas – Martita y la violencia de género

Sin Martita, no hay hospedaje

 Corría el mes de junio de 2016, y aún no había salido de Buenos Aires, cuando recibí un mensaje a través de Couchsurfing, ofreciéndome hospedaje en la ciudad de B.J., lugar por el que tenía pensado pasar unos 3 meses después, aproximadamente. Era Belén, una chica de unos 22 años, quien me informaba que, cuando quisiera, las puertas de su casa estaban abiertas para mí. Sólo tenía que escribirle unos días antes para descartar cualquier eventualidad y listo. Los meses pasaron y finalmente, septiembre apareció en el calendario, al igual que la oportunidad de conocer la mencionada ciudad bonaerense. Tal cual como acordamos, le escribí a Belén para confirmar mi estadía, ante lo cual me responde que, a pesar de ya no vivir más en su pueblo natal por motivos académicos, su madre podría recibirme sin problemas. Como eso no era una contra para mí, acepté gustoso la propuesta y me dirigí hacia allá.

 A eso de las 3 de la tarde, llegaba a un barrio humilde, de casitas de corte obrero, donde me estaba esperando Martita con unos mates calentitos para pelearle al frío helado de la campiña bonaerense, que aún rehusaba a irse, a pesar de que la primavera estaba a la vuelta de la esquina. Entre mate y mate, Martita comenzó a desembuchar: no tuvo un pasado fácil y el presente no le auguraba un futuro prometedor, a pesar de que ella siguiera dispuesta a lucharla, por sus dos hijos. Como madre soltera, siempre hizo hasta lo imposible porque no les falte un plato de comida sobre la mesa, motivo que devino en que su familia de 3 fuera muy unida. Me comenta que la mano viene complicada y que trabaja como empleada doméstica, mientras apaga un cigarrillo y, compulsivamente, enciende otro sin dejar pasa si quiera 10 segundos. De hecho, ahora que lo pienso, en mi mente no podría recrear la imagen de Martita sin un pucho en la mano.

Vivir para luchar

 Como si la lucha del día a día fuera poco, Martita me comenta que ya no sabe qué hacer para ayudar a su hijo adolescente, que padece una condición similar al Síndrome de Asperger, que lo margina del resto de los chicos de su edad y que le impide comunicarse con todo el mundo, a excepción de ella y su hija. Su hijo ya no va a la escuela y, claro, tampoco tiene amigos. Sólo se pasa el día encerrado en su habitación viendo videos de youtubers, con lo deprimente e insalubre que eso puede llegar a ser para cualquier ser humano. Su condición lo ha vuelto extremadamente inseguro de sí mismo, motivo por el que además del problema para sociabilizar, debemos sumarle una obesidad mórbida, a los 16 años de edad.

 Si creía que la situación en casa de Martita era complicada, aún faltaba lo peor: a eso de las 6 de la tarde, en punto, alguien comienza a patear la puerta con mucha violencia e insistencia. Martita, en silencio, con la cabeza gacha, se levanta de un salto y se dirige a contestar el llamado inmediatamente. La abre, y aún con la cabeza gacha, vuelve a su asiento. Ante mi sorpresa, un tipo entra por la puerta y se detiene frente a mí, en actitud desafiante. Lo miro, miro a Martita, que aún no levantaba la vista y comprendo al instante la situación: el tipo que tenía frente a mí era el novio de Martita y, probablemente, se imaginaba que yo era su amante. Con total serenidad, me levanto y le extiendo mi mano, en señal de saludo. Me mira por unos segundos, midiéndome y, acto seguido, la estrecha sin quitarme los ojos de encima. Decidí no seguirle el juego y no mantenerle la mirada, aunque tampoco me demostré sumiso, sólo sereno. Vuelvo a mi lugar, y el show automáticamente dio comienzo:

– «¡Cuánto silencio que hay acá! Espero no estar interrumpiendo nada…»
– «…»
– «¿Qué pasa?. Te noto nerviosa, ¿Pasa algo?»
– «No, nada, dejame de joder…»

Arnaldo, el cagón

 El novio de Martita tenía cara de Arnaldo, por lo que así lo llamaremos de ahora en adelante. Era un albañil de aproximadamente 50 años, de estatura y complexión mediana, y con mucha cara de boludo. Claramente había ido con intención de confrontar y de reclamar su lugar como macho de la casa, motivo por el cual, además de tiranizar a su pareja, intentaba amedrentarme con miradas ridículas y frases que generaban lástima.

A: – «Bueno, al fin hiciste algo, ¡lo bañaste al perro!», dirigiéndose a Martita
M: – «Yo no lo bañé, lo bañó el chico…» (haciendo referencia al cachorrito de 35 días que había bañado media hora antes)
A: – «Ah… encima te baña el perro…»
Y: – «¿Y cuál es el problema con bañar el perro?»
A: – «Nada, ninguno…»
Y: – «¿Entonces?»
– …

 Otra secuencia lamentable que elevó a Arnaldo al estatus de semi-dios del Olimpo de los pelotudos, fue la siguiente:
A: – «Decime… ¿Y vos por qué no estás usando el anillo que te regalé?».
M: – «¡Me lo saqué porque tenía que lavar a mano!».
A: – «¿Y por qué no te lo volviste a poner?».
M: – «¡Porque me olvidé!».
A: – «¿Y dónde está, entonces?».
M: – «¡Lo dejé en la mesita de luz, Arnaldo!».
A: – «No sé, pregunto nomás, porque viste que eso hacen las personas cuando se van de trampa…» (me mira y me guiña un ojo).
Y: – «Decime: ¿vos te pensás que yo me estoy acostando con Martita? ¿De verdad? ¡Yo estoy acá porque soy amigo de Belén!».
A: – «No… no… tranquilo, que el problema no es con vos. Pasa que esta otra…» (y la mira a Martita en tono amenazante).

 A esta altura del partido, en la atrofiada mente de Arnaldo, la posibilidad del affaire entre Martita y yo había quedado descartada, lo cual no significaba que fuese a renunciar a sus intenciones de seguir martirizando a la pobre mujer. Su lugar en la relación era claramente el del macho autoritario y posesivo, motivo por el cual no pensaba dejarla en paz. Ya sea para preguntarle (de mala manera) si los mensajes que recibía cada tanto en su celular eran de «su novio» o porque yo decidiera aportar algo de dinero para la cena (en su mente podría parecer como que la invitaba a cenar), Arnaldo no paró de desplegar en toda la noche, sin escatimar en recursos, todo su arsenal psicótico en perjuicio de la salud mental de ambos.

Arnaldo y la mujer-objeto

 Llegada la hora de dormir, vendría lo más desagradable de todo. Como muchas veces sucede, el hospedaje se limita a un colchón en el suelo, donde quepa. En este caso, en la cocina-comedor, a escasos metros de las 2 habitaciones de la pequeña casa. Al rato de apagarse las luces, comenzó nuevamente el show de Arnaldo. Exagerados gemidos de placer, seguidos de puteadas y pedidos de Martita para que se detenga, con la voz ronca por tanto cigarrillo. La realidad es que las puteadas de Martita eran poco convincentes, ya que también los intercalaba con gemidos propios.

 Claramente su relación se basaba en un «no, pero bueno». Había que cumplir con las formas, pero al mismo tiempo, parecía a gusto con su rol de sometida, lamentablemente. Fueron 20 minutos desagradables, donde la cuadra entera se enteró de que Arnaldo estaba cogiendo. Intenté «sacarle la ficha» e imaginarme qué era lo que intentaba lograr con eso, y llegué a la conclusión de que esa era su manera de reclamar «lo que era suyo»: «¡No sé si la querías a Martita, pero escuchá cómo soy YO el que se la garcha, pibe!».

 ¿Quién se lleva la peor parte en esa relación enfermiza? Sin dudas, el hijo de Martita, quien pasa a ser víctima pasiva y que claramente no mejorará en su condición mientras eso siga pasando del otro lado de su habitación, bajo el mismo techo donde vive.

El sadomasoquismo en las relaciones y la impunidad del violento

 Como sabía que Martita trabajaba temprano en una casa de familia, puse mi despertador a eso de las 8 de la mañana. Para matar el tiempo, y hasta que Martita se despertara, aproveché para retomar la lectura de «Los Demonios» de Fiódor Dostoyevski. Leí un capítulo, leí dos. Se hicieron las 9 de la mañana y nada. Esperé pacientemente hasta las 10. Cuando se hicieron las 10:45, consideré oportuno escribirle un mensaje de texto solicitándole que me abriera la puerta. El ring tone sonó fuerte en la habitación de al lado, pero nada pasó.

 A las 11 en punto, la llamé. El tonó de la llamada se escuchó más fuerte aún, tan claro, como los murmullos de la ronca voz de Martita hablando con Arnaldo, cuando de pronto… otra vez los gemidos, y la secuencia volvía a repetirse: «Salí, soltame… aaaahhhh, aaaahhhh. Salí, idiota… aaaahhh, aaaaahhhh». Hinchado las bolas, opté por patearles la puerta y gritarles que me abrieran. Arnaldo, agrandado por la racha ganadora, no tuvo mejor idea que «mojarme la oreja», contestándome desde el otro lado: «dame 2 minutos que ya termino», lo que finalmente, colmó mi paciencia.

 Pegándole una nueva patada a la puerta, esta vez más fuerte, y amenazando con cagarlo a trompadas si no me abrían en 10 segundos, fue que conseguí que Martita saliese de la habitación, fingiendo haber estado dormida todo este tiempo y desconociendo todo lo pasado. Mi despedida de Martita fue breve, sólo alcancé a decirle, mientras me calzaba la mochila, que por la salud e integridad mental de su hijo, no siguiera metiendo más a ese tipo a su casa.

Recuerdo haber abandonado la casa temblando de la impotencia. Impotencia por no haberle dado su merecido a un personaje tan desagradable como Arnaldo, e impotencia de saber que tipos como él se manejan con total impunidad, todos los días, a sabiendas de que cuentan con la pasividad y complicidad del estado, que no garantiza protección ni contención alguna a la mujer violentada. Si yo le hubiera dado una paliza y, acto seguido, lo tiraba al container de la basura de la esquina, seguramente él hubiera vuelto al otro día y la hubiera castigado a Martita. Si yo llamaba a la policía e informaba la situación de violencia no hubieran hecho nada, ya que para ellos, no es violencia de género a menos que la mujer tenga 3 puñaladas y un ojo en compota.

 Al igual que en la gran mayoría de los casos de violencia de género, la mujer víctima, justifica el accionar del violento al confundirlo con amor: «Su amor hacia mí es tan intenso, que termina pasado de revoluciones y me termina doliendo… pero en el fondo, lo que motiva este ojo morado es el amor que siente por mí. Ya va a cambiar». Como todos sabemos, ese cambio nunca viene. De hecho, la situación siempre empeora, siendo el femicidio el peor escenario de todos.

 Latinoamérica es, para las mujeres del mundo, uno de los peores continentes para vivir, debido al imperante machismo que domina nuestra sociedad. En Argentina, sólo en lo que va de este 2017, muere una mujer cada 18 horas. Ni hablar en países con sociedades más violentas, como Honduras, El Salvador, México, Haití o República Dominicana. En Brasil, el número de muertes totales se ve obviamente incrementado debido a su inmensa población: en 2013, hubo un promedio de una mujer muerta por violencia de género cada 2 horas. Porque violencia no sólo es matar o golpear. Violencia es someter y humillar. Violencia es celar y prohibir. El machismo es muerte, es miseria y es dolor.

 Sobre las relaciones tóxicas, donde se presenta una víctima y un victimario, quisiera citar un extracto del libro «El miedo a la libertad» del gran psicoanalista y filósofo alemán Erich Fromm, sobre las «relaciones sadomasoquistas». Dice así: «El objetivo del masoquista es abandonar su propia identidad individual, la que es libre, ya que considera que la condición de libertad del individuo significa la soledad, algo que le aterroriza, por ello busca a algo o a alguien a quien encadenar su yo. El sadismo comparte con el masoquismo ese miedo a encontrarse sólo cuando pierde a su objeto de sometimiento. Por lo que el masoquista y el sádico, crean la unión de un yo individual con otro, capaz de hacer perder a cada uno la integridad de su personalidad, haciéndolos recíprocamente dependientes, con un objetivo común, no encontrarse solos«.

 Si sos un violento, aún estás a tiempo de retractarte y dejar de ser un cobarde. Si sos víctima de violencia, cuidate y querete, que si vos no lo hacés primero, nadie más lo hará por vos. Pedí ayuda antes de que sea tarde. NO ESTÁS SOLA.

 A más de 6 meses de haberla conocido, espero que Martita haya tomado la decisión correcta, por ella y su hijo, y ya no siga permitiendo que la abuse ningún cobarde con aires de dictador.

Por una sociedad justa e igualitaria, para todos.

*Historias Anónimas es una sección que nace del pedido de amigos que, al escuchar algunas de mis historias recolectadas por el camino, insistieron para que las publicara y reprodujera en el blog. Con el fin de proteger la identidad de los protagonistas, sus nombres fueron modificados. Los lugares, dependiendo de si son condicionantes o no para el anonimato de los protagonistas, se mantendrán, modificarán u omitirán, dependiendo el caso.

Joel Lousararian

¡Hola! Mi nombre es Joel, soy de Córdoba y hace poquito que pasé los 30. Mi curiosidad y mi amor por las culturas me trajeron hasta acá. Hace más de 4 años que viajo a dedo sin más compañía que mi querida mochila. Escribo lo que siento y fotografío lo que veo. Si consigo que reveas la posibilidad de retomar ese sueño abandonado por temor, entonces, todo esto ya habrá valido la pena. ¡Gracias por pasar y leer!

También te podría gustar...

2 Respuestas

  1. Dino dice:

    Increíble relato hermano, sin fisuras. Pero tiene algo espantoso tu historia y tu forma de escribir: que es verdad.
    Abrazo enorme!!!!

  2. Alberto H. Lousararián dice:

    Buenísimo que lo hayas compartido, y de manera tan impecable. Ojalá ayude a las víctimas del maltrato a abrir los ojos!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *