La muerte es el olvido

Sobre la energía oscura

 «La oscuridad es una cosa hermosa porque nos permite encontrar nuestra luz. Hace 10 años, estaba saliendo con una mujer, que estaba intentando sacar fuera toda mi oscuridad con una técnica india de aceite caliente sobre mi frente. De todas las personas, fue John Frusciante quien, al enterarse, me dijo: ‘¡Anthony, no! ¡No te deshagas de tu oscuridad! ¡La necesitás para tu creatividad!’. Entonces pensé: ‘Puede que tenga razón…’. Así que, cuando sintamos la oscuridad, cuando sintamos ese espacio oscuro dentro nuestro, no debemos preocuparnos, está ahí por una razón. Es parte de nuestro balance. Ya sea en relaciones o con cómo te sentís con vos mismo, o con lo que sea, no tenés que combatirla. Podés dejarla trabajar para vos.» (Anthony Kiedis)

 No se me ocurrió mejor manera de comenzar este post que con semejante concepto sobre la «energía oscura», a cargo de Anthony Kiedis, cantante de los Red Hot Chili Peppers. Hace pocos días me topé en internet con la entrevista de donde tomé ese extracto, y como siempre, no fue casualidad.

¿Querías oscuridad? Escuchá el disco One Hot Minute. La enajenación hecha un discazo.

 La «energía oscura» es algo inherente a todos nosotros. Muchos la idealizan, otros le temen y fingen desconocerla. En mi caso, le tengo muchísimo respeto y trato de ser consciente de ella. Cada vez que me deprimo, trato de dejar que el proceso continúe hasta el final, que me muestre todo lo que me tenga que mostrar. De hecho, estoy escribiendo estas líneas, desde Piriápolis, Uruguay, en pleno proceso de angustia y conflicto interno: decidí pegar media vuelta a mitad de recorrido en Río Grande do Sul, Brasil, para volver a Uruguay a reponer fuerzas, reordenar ideas y asentar prioridades. En algún punto de la ruta, me desconecté del viaje, a pesar de saber y sentir que es lo que quiero hacer. Elegí volver a Piriápolis, porque es un lugar muy especial para mí, con el que conecté en forma muy particular y desde donde planeo «refundar» mi viaje, por así decirlo, para retornar con más fuerzas que antes. El inmenso Brasil, seguirá esperando por mí, junto a su bellísima gente y cultura.

Piriápolis, mi casa por estos días, vista desde el cerro Pan de Azúcar, Uruguay.

 Conectar con el lado oscuro significa, siempre, hacerse a uno mismo las preguntas que no nos gusta escuchar. Es darle una vuelta más de rosca a lo que ya dábamos por sentado. Es ver nuestras miserias a la cara, por más doloroso que pueda ser. Es, a mi criterio, una necesidad implícita a la hora de salir (y mantenerse alejado) de la zona de confort. Nada de mentiras. Si algo no se siente bien dentro de uno, muy probablemente sea porque está mal. Tocar fondo es siempre necesario para tomar envión y volver a la superficie. Entonces, siguiendo el consejo de Kiedis, decidí canalizar toda mi energía negativa y darle forma a este post sobre dos temas «tabú»: la Muerte, por un lado, y la Vida sin sentido, por el otro.

Ganarle a la muerte

 «Cada día viajado ha sido un día ganado a la muerte». Esta frase es una de mis favoritas a la hora de responderle a quienes me preguntan por qué estoy haciendo lo que hago. Por qué viajo.

-«¿Por qué no estás trabajando en tu ciudad y estás dando vueltas lejos de tu casa con una mochila de 65 litros al hombro?».
«Porque mientras viva, no me permitiré estar muerto».

 Cuando digo que viajando le estoy ganando a la muerte: ¿Estoy diciendo un sin sentido o algo que esconde cierta lógica? Desde mi perspectiva, no podría estar más acertado. Si a alguien le gusta dibujar y dibuja, le estará ganando a la muerte. Si a alguien le gusta bailar y baila, le estará ganando a la muerte. Y si a alguien, como es mi caso, le gusta viajar y escribir y lo hace, entonces, también le estará ganando a la muerte.

«Se van a moriiiir». Los viejos Simpsons, siempre un paso delante de la humanidad.

 ¿Tan así? Para mí, al menos, así es. La palabra «muerte» tiene una connotación extremadamente negativa en nuestra cultura. Es el peor de los males, el monstruo más temido. Semejantes atributos no parecieran ser los propios a los del final de la vida, sino a otra cosa. La muerte es parte de nosotros desde que nacemos. La vida nace y muere todo el tiempo. Entender la muerte del cuerpo es una obligación para poder entender y darle sentido a nuestras vidas. Reconocernos a nosotros mismos como seres mortales, pasajeros, nos permitirá comprender que la vida es hoy, es ahora, y que mañana no sabemos. Una persona consciente de su mortalidad no desperdiciaría su vida. ¿Será que nos enseñan a temerle para que no pensemos en ella y no caigamos en cuenta de que estamos desperdiciando nuestras vidas?

 Desperdiciar la vida me parece el peor de los males, el monstruo más temido. Desde mi concepción, la verdadera muerte se encuentra ahí. Es consentir desde la ignorancia que alguien más haga y deshaga con nuestras vidas. ¿O acaso nunca te preguntaste por qué se esfuerzan tanto en mantenernos entretenidos? Para que en las pocas «horas libres» que nos habilitan luego de la jornada de esclavitud voluntaria laboral, no pensemos en lo desagradablemente miserable que es nuestra existencia. Mejor, subite un par de niveles del Candy Crush o mirate algunos culos en lo de Tinelli. Mañana será otro día.

 Entonces, contra la muerte del cuerpo, no hay competencia alguna. No hay ganadores ni perdedores. Es inevitable. En algún lugar ya está escrita la fecha y hora de mi muerte. ¿Pero convertirme en un muerto en vida? Eso sería una doble fatalidad, sería morir 2 veces. Para ganarle a la muerte, entonces, no hace falta más que salir a vivir, literalmente. Si tenés una vida que ha valido la pena, si dejás una huella y recorrés tu camino con humildad, honestidad y amor, sin duda alguna habrás dejado un legado en este mundo. Y quien logra dejar un legado, queridos amigos, sin duda, ha logrado vencer a la muerte y ha trascendido la fragilidad de lo mortal. Se volverá eterno. La verdadera muerte está en el olvido. Tengamos entonces una vida que valga la pena recordar, y ahí sí, la muerte del olvido jamás nos alcanzará.

Dando una charla a un grupo de adolescentes en Santana do Livramento, Brasil, sobre la importancia de hacerse preguntas todos los días y no dejar pasar la vida porque sí.

Cuando la vida te da una segunda oportunidad

 Como habrá quedado claro, pienso mucho en la muerte y en qué sucedería mañana si yo muriera hoy. Me ha servido a lo largo de los últimos años para tomar conciencia y dejar de perder tiempo (o vida). Pero muchas veces, con pensar solamente, no alcanza. Hay quienes somos lo suficientemente afortunados como para recibir una advertencia explícita, una segunda oportunidad. En mi caso, fue al poco tiempo de haberme mudado a Buenos Aires. Para eso, tendremos que volver unos 6 años en el pasado.

 Corría el mes de marzo de 2011. Proveniente de mi querida Córdoba, agobiado por la falta de oportunidades de todo tipo y en búsqueda de «algo mejor» para mí y mis 21 años, decidí emigrar hacia la Capital. El viejo refrán dice «Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires». ¿Argentina, república federal? Pfff. Del centralismo porteño venimos y hacia el centralismo porteño vamos.

 A Buenos Aires llegué con muchas expectativas y ninguna certeza. Las ofertas laborales eran más diversas, es cierto, pero los trabajos definitivamente no eran mucho mejores que lo que Córdoba tenía para ofrecerle a la juventud. Los malos empleos seguían siendo mayoría. Si tuviera que definir la gran diferencia entre Córdoba y Buenos Aires, diría que en Córdoba podés estar hasta 3 meses para conseguir un trabajo de mierda. En Buenos Aires, a lo sumo, 2 semanas.

¿Cómo olvidar la vez que hice llorar a mi jefe en mi primer trabajo de call center, en Córdoba, a los 19 años? (imagen ilustrativa)

 Para mediados de año, ya estaba trabajando 45 horas a la semana, de 9 a 18 hs y de lunes a viernes, en una oficina de Puerto Madero por unos míseros $3,000 al mes (poco más de U$S 500). No era lo que había ido a buscar a la gran ciudad, pero sin duda alguna era «algo» mejor que los trabajos de call center que tanto había detestado, siempre. Si a las 9 horas de trabajo diarias les sumamos una hora y media para ir más otra hora y media para volver a casa, nos da una sumatoria de 12 horas. 12 horas al día entregadas a un trabajo y a una rutina que no quería tener, pero que tenía que, si no quería caer en la indigencia.

 Fue así como los meses se fueron sucediendo, hasta llegar a Septiembre de aquél 2011. Recuerdo que había sido un día más estresante de lo habitual, con muchos mails y reclamos que gestionar. Sólo quería volver a casa. Recuerdo también estar parado de un lado de la Av. Ingeniero Huergo, avenida que separa los barrios porteños de San Telmo y Puerto Madero. A escasos metros, de la mano de enfrente, se encontraba la parada del 111, colectivo que me llevaba a casa y que tenía una frecuencia espantosa. Perderse el colectivo significaba tener que esperar media hora más hasta la llegada del próximo. No estaba de humor, sólo quería llegar a casa y darme una ducha caliente. Miro a mi derecha y veo llegar al 111.

¡El 111 no es una leyenda, existe!

 Una fila de, al menos, 15 personas era mi única garantía para poder llegar a tiempo antes de que se fuera sin mí. Sólo debía encontrar la manera de que el chofer me viera y me esperara. Para mi suerte, en ese momento, las luces del semáforo cambiaron a rojo y las decenas de camiones que transitan la avenida, provenientes del puerto, frenaron frente a mí. Yo estaba a mitad de cuadra, por lo que decidí cruzar entre medio de los vehículos detenidos. Ya del otro lado de la avenida, prosigo a hacerle señas al chofer, logrando hacer contacto visual con él. De golpe, un impacto «seco». Lo próximo que recuerdo es estar tirado en el pavimento, completamente aturdido y con la visión borrosa.

¿Y este es mi pie para retirarme? Parece que todavía no. El lugar exacto del accidente.

 Al recobrar la noción, comprendí lo que había sucedido. A pocos metros, alcanzo a ver una moto girando sobre el asfalto y a un tipo dando tumbos y puteando del dolor. En una típica «argentineada», el muy sagaz venía adelantándose al tráfico, en contramano, por lo que terminó por atropellarme al aparecerle yo de repente, saliendo entre los camiones estacionados. En medio del aturdimiento, como puedo, me incorporo (nadie, absolutamente nadie se bajó a ayudarnos) y por mis propios medios lo levanto y lo llevo hacia la vereda.

 No es la idea profundizar en detalles, sólo diré que milagrosamente no me sucedió nada, a pesar de haber sido yo el atropellado, mientras que el motoquero terminó con varias fracturas en su cuerpo y la moto bastante deteriorada.

«Hacemos lo que amamos porque vamos a morir»

 ¿Por qué cuento esta historia? Porque me cambió la vida para siempre. Nunca estuve tan cerca de morir como aquella vez. ¿Saben qué es lo que más me aterra, hasta el día de hoy? No haber visto la moto, jamás. El golpe fue desde atrás. Un segundo estás haciendo algo y al segundo siguiente, estás desparramado en el asfalto. Así de hija de puta puede ser la vida, que te puede matar de un segundo al otro, sin avisarte. Ahora estás, en un ratito no.

 ¿Pero qué hubiera pasado si en lugar de salir ileso hubiera muerto en ese momento? Millones de personas mueren al año en accidentes de todo tipo. Sin dudas, hubiera sido una tristeza inmensa. No por la muerte en sí, sino por la patética vida que habría dejado atrás: 21 años tirados a la basura, siendo funcional, primero, a los deseos de mis padres, luego a las escuelas del estado que adoctrinan ciudadanos sumisos y, por último, cómo olvidar todos esos años de trabajos inmundos por los que supe agradecer cuando no tuve un centavo en el bolsillo. Hacer lo que uno detesta a cambio de dinero: ¿No es acaso prostitución? 21 años de vida y ninguno de ellos vivido.

Los Rusos Hijos de Puta, grandes cómplices del comienzo de esta aventura.

 Siguiendo con lo hipotético de mi muerte en ese accidente: ¿Qué habría pasado si alguien me advertía que ese sería mi último día de vida? ¿Habría ido a trabajar igual? De seguro que no. Es más, si por arte de magia (o no tanto), me hubieran confirmado que estaba en la recta final de mi vida, supongamos, en mis últimos 7 días de vida, habría sido una persona completamente diferente a la que venía siendo. Habría valorado cada segundo, cada bocanada de aire, cada muestra de cariño y habría buscado llenar mis días de placer y amor.

 Me pregunto, entonces: ¿Por qué deberíamos esperar algo así para salir a vivir? ¿Estar en la recta final? ¡Ya estamos en la recta final, todos nos estamos muriendo, porque todos somos mortales! El que piense que se viene al mundo para trabajar para un patrón y juntar para la jubilación, que se vaya a la mierda. No más años desperdiciados. Si me llega la hora, que sea siendo mi propio patrón y no una marioneta en la obra de alguien más.

 Para despedirme, quisiera dejarles uno de los videos más hermosos que he visto en mi vida. Double Trouble en Corea es el nombre de un canal de Youtube, perteneciente a 2 hermanas mexicanas, Diana y Gisela. Para principios de año, a Diana se le diagnosticó con un cáncer terminal. Además, se le informó que, por el estado avanzado del mismo, sólo le quedaban entre 1 y 6 meses de vida. Considero hermoso este video porque se puede ver en él a una mujer extraordinaria y valiente, enfrentando no sólo su enfermedad sino también lo inminente de su muerte.

 Las palabras de Diana, ya en la recta final de su vida, son las palabras de la sabiduría y el amor. Es una persona que se despide de la vida llena de dignidad, caminando con la frente en alto, y compartiendo su último mensaje con todos nosotros. Por eso, considero importante acercarles su mensaje de vida.

Joel Lousararian

¡Hola! Mi nombre es Joel, soy de Córdoba y hace poquito que pasé los 30. Mi curiosidad y mi amor por las culturas me trajeron hasta acá. Hace más de 4 años que viajo a dedo sin más compañía que mi querida mochila. Escribo lo que siento y fotografío lo que veo. Si consigo que reveas la posibilidad de retomar ese sueño abandonado por temor, entonces, todo esto ya habrá valido la pena. ¡Gracias por pasar y leer!

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5 Respuestas

  1. Sos un grande Joel! Abrazo gigante mi hermano desde Chile, exito y bendiciones! Nos veremos en la ruta 🙂

  2. Constanza dice:

    Mientras te leía pensaba en algo que leí ya no me acuerdo dónde: el deseo es algo que ponemos entre nosotros y la muerte, precisamente para esto que decís, para alejarla, para ganarle tiempo. Celebro coincidir con cada una de tus reflexiones de hoy 🙂

  3. Yanina dice:

    Es maravilloso leerte Joel.
    Sos como una especie de voz de muchas conciencias dormidas… Gracias…

  4. Grandes palabras amigo. No te conozco pero ese es el sentimiento, de entendimiento, empatia. Hace 2 días tuve 2 situaciones en las que por pura suerte no tuve un accidente grave. Y leerte ahora como a ti te paso con los Red Hot, no es casualidad. Un abrazo y que nunca mueran las ganas de expresarse y vivir.

  5. Limona dice:

    Gracias Joel!!

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